Por Mariano Grondona para La Nación

¿El primero o el último de los "odiadores"?

TenIa que ser José Mujica, no porque sea uno de los precandidatos presidenciales de Uruguay sino porque es un criollo cabal quien nos pidiera a los argentinos 'que nos queramos más'.
domingo, 08 de febrero de 2009 · 00:00
Tenía que ser José Mujica, no porque sea uno de los precandidatos presidenciales que tiene hoy el Uruguay sino porque es un criollo cabal quien nos pidiera a los argentinos "que nos queramos más". Como buen criollo, su advertencia no provino de una extensa biblioteca sino de la intuición. Es que Mujica, que nos quiere, no puede entender que los argentinos no nos queramos entre nosotros como los uruguayos se quieren entre ellos, dándonos frecuentes ejemplos de convivencia como las reuniones cordiales de sus políticos, sean blancos, colorados o del Frente Amplio, a la menor oportunidad. ¿Imaginamos nosotros acaso un encuentro amistoso entre el Gobierno y la oposición, entre Kirchner y el campo, entre Cristina y Cobos, entre Kunkel y Solá?

Los ejemplos de la discordia argentina podrían multiplicarse indefinidamente. Para un argentino, ¿no hay entonces nada peor que algún otro argentino? Pero este sentimiento negativo, ¿es sólo falta de cariño entre nosotros como dijo Mujica o él, buena persona y educado como es, no se animó a ir todavía más allá para preguntarnos, azorado, por qué los argentinos nos hemos odiado tanto, por qué hemos sido tan odiadores ?

En sus brillantes estudios históricos, el norteamericano Paul Johnson puso de relieve la condición de "odiador" ( hater) , de algunos de sus protagonistas. Ni el castellano "odiador" ni el inglés hater figuran en los diccionarios, pero pesan por cierto en la vida y en la historia. El "odiador" es, en este sentido, aquel que no define su propio perfil por el amor sino por el odio a otro.

Kirchner es, sin duda, un buen ejemplo de "odiador", ya que su agenda incluye una amplia lista de los enemigos contra los cuales dispara de continuo: el campo, los militares, Menem, Cobos, Duhalde, Carrió? Pero limitar el odio entre argentinos a la patología política del ex presidente sería minimizar el problema porque, si fuera así, bastaría con esperar que él abandone la escena para que renaciera entre nosotros, como por arte de magia, el amor que presuntamente nos tenemos. En esta hipótesis, Kirchner sólo vendría a ser una anomalía, un accidente, un charco, en el ancho paisaje de nuestro amor recíproco. ¿Pero se han amado acaso unitarios y federales, conservadores y radicales, peronistas y antiperonistas, Montoneros y militares? El Kirchner odiador que contemplamos todos los días, ¿es entonces una "excepción" o una "culminación"?

Los maniqueos

Competidores hay siempre. Es más: debe haberlos porque sin competencia no habría excelencia. En la política, como en el deporte, el aliento en la nuca del competidor nos presta el servicio de esa exigencia sin la cual nunca nos superaríamos. Pero una cosa es la rivalidad política o deportiva entre amigos que, porque se quieren, se exigen mutuamente en el marco de las reglas comunes que aceptan, y otra muy distinta es la enemistad que se nutre de la intolerancia. En la competencia reconocemos que nuestro rival es necesario. En la enemistad, querríamos destruirlo. Kirchner no quiere simplemente "ganarle" al campo; quiere "ponerlo de rodillas".

En el siglo III de nuestra era, el herético Mani vio el mundo dividido en dos: los hijos de Dios y los hijos del demonio. Cuando pensamos que nuestro rival es hijo del demonio, cuando lo "demonizamos", somos maniqueos. Nuestra única alternativa, a partir de ahí, sería aniquilarlo. No podríamos pensar siquiera en que ambos respetemos reglas comunes porque, si el cumplimiento de esas reglas llevara a su victoria, las desconoceríamos. ¿Por qué la oposición acaba de proponer una boleta única para las próximas elecciones? Porque teme que el Gobierno generalice esta vez un vicio que ya insinuó en las pasadas elecciones: el vicio del fraude. Lo único que legitima el fraude a los ojos de quienes lo cometen es la demonización del rival convertido en enemigo.

Si ojeamos la historia, sin embargo, el kirchnerismo se vería acompañado por precursores de peso. Los unitarios y los federales, los conservadores y los rad

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