Por Rolando Hanglin para La Nación

Sobre el caballo fuerte

Una profunda reflexión sobre el poder y la debilidad. Personajes de la historia argentina, famosos, líderes políticos y religiosos y la significación que encarnan.
martes, 11 de mayo de 2010 · 00:00
Dijo Osama Ben Laden: "La gente ve un caballo débil y un caballo fuerte...y prefiere al caballo fuerte".

Es notable el razonamiento de este genial asesino contemporáneo. No tiene nada que ver con las ideas políticas: el socialismo, el marxismo, la democracia. Tampoco tiene mucho que ver con las religiones que chocan en la región más conflictiva del mundo, a saber el Islam, el Cristianismo y el Judaísmo.

Es un criterio que no tiene que ver con Occidente. Sólo puede elaborarlo un beduino de alma, un hombre de a caballo, con las neuronas colocadas de un modo diferente. A lo mejor lo interpreta un paisano argentino que ha montado toda su vida y ha examinado tropillas para determinar cuál es el animal que le conviene comprar.

¿Qué sería un caballo fuerte? Creo que, en nuestra vida, un caballo fuerte es una persona con gran poder, agresividad y capacidad de daño. Los seres humanos somos en general débiles, tontos y sin carácter. Sentimos envidia y fascinación ante el hombre que puede causar daño, y lo hace con decisión. Muchos caballos fuertes han sido grandes tiranos y asesinos de masas, que la gente de su tiempo amó y respetó.

Para no meternos con la política actual, hablemos del Brigadier Juan Manuel de Rosas. En el campo se lo amó con devoción, y se lo recuerda con respeto. Facundo Quiroga le pedía ayuda. El despiadado Calfucurá decía: "Yo soy chileno, pero hace treinta años que estoy en esta tierra porque me mandó llamar el señor gobernador". Este último era Rosas. Es decir: Rosas era reverenciado por Quiroga, el "Fraile Aldaoi" (otro destacado matador de personas) y Calfucurá. Rosas era fuerte entre los fuertes. Agresivo entre los agresores. Fascinaba a todos con una mezcla de miedo y admiración.

Cuando, antes de la Guerra de las Malvinas, aterrizó en nuestro país el avión presidencial de EE.UU. trayendo al General Alexander Haig, que se aprestaba a conversar con los militares argentinos, los que veíamos ese inmenso jet sentíamos la sombra de un poder inmenso. Respetado. Temido. Límite. Se acercaba un hombre que no jugaba con niños, un tipo que había bombardeado a otros hombres.

¿Por qué fue tan idolatrado el gran campeón Carlos Monzón? No por la belleza de sus maniobras, como Diego Maradona. No por su personalidad querible, como Alberto Olmedo. Monzón nos fascinaba por su capacidad de daño. Sabíamos que nadie podría vencerlo, porque a todos los derrumbaba, como puede demoler una batería de obuses.

Margaret Thatcher, "la dama de hierro", era un caballo fuerte. Y se la respetó, incluso en nuestro país. Los "gurkhas" fueron una realidad macabra para nuestros soldados, pero hoy día se apoda "el Gurkha" a cualquier muchacho fuerte, intrépido y valiente. Suena como un elogio, no como una pesadilla.

Si Fidel Castro es el mito viviente que es, no sólo se debe a que ha gobernado su país durante cincuenta años (diez más que Franco) con uniforme de fajina militar y dejando el cetro en herencia familiar a su hermano Raúl... sino también, y sobre todo, a que pudo levantar un paredón y fusilar a miles de opositores, o sospechosos, o inocentes. El hombre común, entre horrorizado y satisfecho por la "justicia" así aplicada, se siente revindicado por el fusilador, ya que a él también le gustaría pasar por las armas a varios indeseables, pero es incapaz de matar una mosca. Castro, en cambio, se instaló frente a la gran potencia mundial, intercambió hostilidades con los Estados Unidos, y todavía está allí. Se lo apoda, precisamente, "el Caballo".
Al Caballo Fuerte se le perdonan muchas cosas. En la película "La vida es bella", Roberto Benigni muestra a su tío, un asustado joyero judío al que las bandas fascistas le habían saqueado el negocio. El hombre los disculpaba: "Son muchachos jóvenes, muy apasionados, muy entusiastas...¡Ya se les pasará!".

Los seres humanos, débiles y espantadizos, no soportamos que el fuerte sea vulnerable. No perdonamos que los yanquis hayan permanecido impotentes