"Marito"

“Sacrificio, muerte, 666″, las cartas detrás del atroz crimen de un niño

Mario Salto fue violado y masacrado en Santiago del Estero en mayo de 2016
lunes, 22 de enero de 2018 · 13:44

SANTIAGO DEL ESTERO.- Mario Agustín Salto, “Marito”, de apenas once años de edad, desapareció en el pueblo de Quimilí, Santiago del Estero el 31 de mayo de 2016. Había sido visto por última vez en un punto local conocido como “La Represa”, una suerte de laguna, mientras pescaba con su caña.

Dos días después, su cadáver era encontrado en un pastizal justo al otro lado del pueblo por un baqueano local que luego alertó a una línea telefónica policial. El baqueano había visto a su perro llevar algo entre los dientes: era una pierna humana. El resto del cuerpo de “Marito” estaba a unos doscientos metros de su casa, su cabeza en una bolsa blanca, su torso y miembros en una bolsa negra.  

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La autopsia practicada diez días después en la Morgue Judicial determino que fue vejado por el recto y luego estrangulado hasta morir antes de ser degollado. Muestras tomadas en las uñas y en la zona anal correspondieron a un perfil de ADN distinto al del niño que demostró ser parcial en pruebas posteriores, insuficientes para una identificación. La muerte de Mario Salto fue, en sí misma, el infanticidio más grotesco de la última década en la Argentina.

Pero durante más de un año, no hubo nadie a quien culpar.  Tres jueces de instrucción pasaron por el expediente: el primero de ellos tuvo que abandonarlo al ser recusado por la defensa de los Ocaranza. El padre de “Marito”, también llamado Mario, un jornalero de la soja, visitaba Buenos Aires en busca de justicia.

La realidad es que no hacía falta mirar mucho más lejos de Quimilí mismo para entender el atroz crimen.  El expediente, eventualmente, llegó al Juzgado de Transición N°1 a cargo de la doctora Rosa Falco en la capital santiagueña. El cuerpo de “Marito” fue remitido a la Morgue Judicial porteña en la calle Viamonte para una nueva necropsia. La división Homicidios de la Superintendencia de Delitos Violentos de la Policía Federal recibió el expediente, 13 cuerpos con más de 2600 fojas y 50 perfiles genéticos. En diciembre pasado, finalmente hubo un presunto asesino, alguien a quién culpar.  

Un escuadrón de perros conducido por la PFA que había trabajado en el rastro de Santiago Maldonado comenzó a olfatear en la escena en donde fue encontrado el cadáver de “Marito”: encontraron una billetera con anotaciones que mencionaban al niño y un calzoncillo que contendría sangre del menor y un líquido que sería presuntamente semen. La billetera todavía estaba allí, un año y medio después.  La cadena de rastros llevó a los perros hasta la casa de Miguel Angel Jiménez, un productor algodonero de 51 años de edad. Jiménez había participado en las marchas para pedir justicia por “Marito”, era un supuesto benefactor del pueblo, presunto hombre solidario, pareja de Arminda Díaz, directora de una escuela local, pero el cura local rezaba temblando y los familiares del niño asesinado repartían rosarios mientras los policías de la PFA y los perros allanaban el lugar.  

Los vecinos comentaban con una mezcla de odio y miedo, entre el azufre de la oscuridad sobrenatural y la atmósfera de los infiernos de pueblo chico: “El Brujo” y “El Terrible” eran algunos de los apodos usuales de Jiménez en la frecuencia de chismes.

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Un altar de San La Muerte, con pequeñas figuras y estampitas, llamó rápidamente la atención de los investigadores dentro de la casa. Sin embargo, la atención de un perro rastreador llamado Halcón tomó otro camino. Halcón se abalanzó con sus patas sobre la mesa de luz en la habitación de Jiménez.  Allí, el perro entrenado encontró un pequeño documento, una suerte de una carta escrita en una hoja rayada, arrugada, sus bordes recortados de forma bruta, con un extraño diagrama: el tronco de un árbol desierto de hojas, surcado por el número 666, el número de la Bestia de siete cabezas y diez cuernos del libro bíblico de Revelación, con la silueta de un niño atado y colgado de una rama. Justo debajo, la figura de la balanza, ícono de la Justicia, desbalanceada, junto al ojo en el triángulo, el símbolo de la Providencia, con piernas, caminando sobre un pequeño camino. A su lado, una suerte de laguna. “Agua”, “tierra”, “aire”, “cielo”, “poder”, “ritual”, “tiempo”, puede leerse entre las figuras.

 El documento hoy está en poder de la división Scopometría de la PFA, que deberá analizarla a pedido de la jueza Falco, pero el mensaje debajo fue suficiente para cerrar la imputación contra “El Brujo” Jiménez como presunto líder del brutal infanticidio de “Marito”. Lo que se lee en este documento que Infobae reproduce por primera vez, precisamente, es brujería, en una sintaxis rota, palabras inconexas.  “Sacrificio de Marito”, “control de la vida ritual”, “tengo su virilidad”, “San La Muerte trae la vida eterna”, “su día llegó”, “a Marito, “su acto sexual”, “virgen”, “SU ESPÍRITU”, dice el papel.

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Para la Justicia y la Policía Federal, esta carta marca el pacto oscuro detrás del presunto motivo del más brutal homicidio y violación de un niño en la historia argentina reciente: “Marito” habría muerto no en una conspiración del poder político santiagueño, sino sacrificado por una secta de lugareños de Quimilí en un crimen ritual para cosechar su energía y espíritu bajo una teología demente.  

La carta, por su parte, no fue la única. Al final de ese día, la PFA tuvo en sus manos documentación suficiente para sustentar aún más la hipótesis del crimen ritual, con diagramas y mensajes igual de perturbadores. La cifra 666 y la balanza torcida de la Justicia fueron símbolos recurrentes, junto a un muñeco hecho de tela y cinta, rodeado de escarabajos muertos.  No todo estaba en casa de Jiménez. Los perros hicieron dos paradas antes de llegar a la casa del “Brujo”. Sus narices señalaron a las puertas de dos viejos conocidos en la causa: Rodolfo Adrián Sequeira, “Rody”, un changarín de 45 años, Ramón Rodríguez, “El Burra”, de 59 años.  Un testimonio reservado había señalado a “Rody” como presunto entregador de “Marito”, el encargado de raptarlo.

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“El Burra” era su compinche habitual en la noche del pueblo: Rodríguez había sido indagado, con claras contradicciones sobre dónde había estado al posible momento del crimen. Sequeira, por ejemplo, estuvo preso por la muerte de “Marito” en 2016. Luego, salió. Hacía falta más para encerrarlo a comienzos del caso. Hoy, “Rody” está detenido nuevamente, así como “El Burra” y “Chicho.”  Lo que dijo Sequeira en su indagatoria fue incendiario: negó haber participado en el hecho, acusó a Jiménez y al ex juez Moreno de haberle armado una causa en su contra. “Los policías que investigaban el caso iban a la casa de Jiménez, el ex juez Moreno andaba con Jiménez en las diligencias que se hacían, eso lo sabe todo Quimilí”, aseguró Miguel Torres, abogado de Sequeira, en declaraciones a Nuevo Diario de Santiago del Estero.

“Rody” fue detenido nuevamente, así como “El Burra” y “Chicho.” El rastro que los perros detectaron en la billetera no tardó en llegar a la casa de la hermana de Sequeira en Quimilí. Comenzó a ladrar hacia un armario, que contenía una gomera con la letra “M” grabada en su empuñadura.  Los perros siguieron, afirman investigadores del caso, a la casa de “Burra” Rodríguez.

Una bolsa de plástico estaba oculta dentro de una letrina: contenía pelos, inscripciones con el número 666, otra vez el ojo en el triángulo, noticias sobre el crimen de “Marito.” “No dejar rastros”, decía un papel lleno de manchas que mencionaba a “los doce apóstoles.”  Un perro negro muerto y ya podrido colgaba de un árbol, cerca de velas; una losa cercana al árbol tenía rastros de sangre de acuerdo a un test de luminol. Una campera negra fue encontrada en una chatarrera donde había trabajado Sequeira. “El jefe ya sabe”, decía otra anotación. “El jefe” no habría sido otro que Miguel Ángel Jiménez.

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El allanamiento a la casa del agrónomo llegó poco después.  Hubo medidas recientes dictadas en el caso por la jueza Falco: la magistrada pidió a la Corte Suprema un amplio estudio de material genético de cara a las nuevas evidencias recolectadas. Marcelo Salto, policía y tío de la víctima, declaró ampliamente contra “El Brujo” Jiménez luego de su arresto según el diario santiagueño El Liberal. Aseguró que el productor algodonero siguió de cerca los pasos de la Policía local en los primeros días tras la aparición del cadáver con presuntas maniobras para desviar el foco de la investigación.  

Hay un documento que sobresale entre todos los encontrados por su complejidad simbólica. Jiménez y los otros detenidos, si es que estas cartas les corresponden, tenían un método sumamente sintético en su presunta brujería escrita, una reducción de sus rituales a palabras de intención y simples símbolos, en un entendimiento religioso extraño, inusual: el ojo en la pirámide no suele aliarse en prácticas esotéricas a propósitos demoníacos. La teología de Jiménez y sus co-imputados parece ser enteramente propia.  La magia negra, si se prefiere el término, suele tener como fin el control de factores o personas, el sometimiento esotérico de la voluntad: un diagrama encontrado por la PFA reveló una lista de nombres al menos curiosa, con nuevamente el ojo en la pirámide, marcado por el número de la Bestia, 666.

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El diagrama es, básicamente, un círculo de control, lo que su creador busca someter, un círculo dentro de un círculo diseñado para atrapar desde simples personas hasta poderes del Estado.  “Sacrificio”, dice el aro exterior.  “”Juez”, “policía”, “poder”, “fiscal”, dicen otros elementos en la rueda interna. El nombre de Marito”, se lee en el centro, justo sobre la pirámide con su ojo abierto. ¿”Rody” Sequeira  era una suerte de jugador imprevisible, alguien a dominar? Su nombre aparece dentro del círculo, marcado por un signo de pregunta. 

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