Por James Neilson para Revista Noticias

El recurso discursivo de Malvinas

La tentación de los Kirchner de darle un uso político al conflicto y la irresponsable escalada verbal de Londres. El factor nacionalista.

Toda vez que el país se siente mal, al gobierno de turno procura reanimarlo produciendo una versión levemente retocada de una película muy vieja, la del ya casi bicentenario conflicto en torno a las Islas Malvinas. Es lo que acaba de hacer.

Puesto que a esta altura nadie quisiera reeditar la variante sanguinaria que fue ideada por el general Leopoldo Fortunato Galtieri y, de todas maneras, las fuerzas armadas han sido desmanteladas, se supo de antemano lo que sucedería. No hubo lugar para muchas sorpresas. Como fue de prever, la función comenzó con una protesta vigorosa contra una supuesta provocación británica.

Abundaron alusiones a la legitimidad indiscutible del planteo argentino. Juristas e historiadores patrióticos agregaron lo suyo. Se celebró en México una reunión en que mandatarios latinoamericanos y antillanos reafirmaron su solidaridad con la Argentina y la indignación que sienten por la negativa de los británicos a abandonar lo que les queda de su imperio. Como suele suceder, un potentado de la América tropical se esforzó por ser aún más insultante hacia los británicos que los voceros argentinos, si bien Cristina se las ingenió para introducir una novedad difícilmente superable al equiparar a los británicos con los caníbales.
 
En Playa de Carmen, la Presidenta se anotó lo que se llama un triunfo moral merced al apoyo fervoroso de Brasil y Chile y puede conseguir otro en la ONU, donde los británicos no son muy populares, pero sería poco probable que tales logros produjeran cambios concretos. En Londres, la prensa se puso a hablar con cierta fruición del peligro hipotético de una nueva guerra en el Atlántico Sur.

El primer ministro Gordon Brown aseguró que las tropas estacionadas en las islas están en condiciones de defenderlas y que, de todos modos, no tiene ninguna intención de permitir que se modifique el statu quo ya que a su entender los derechos de los malvinenses, y por lo tanto los del Reino Unido, son incuestionables.

Parecería, pues, que todo seguirá más o menos como antes hasta que, por enésima vez, llegue el momento de repetir lo que se ha convertido en una especie de rito nacional, uno que sirve para que por un rato pierdan importancia las molestas diferencias internas y todos –mejor dicho, casi todos– entonen la misma canción. Argumentos dudosos.

En esta ocasión, pudo atribuirse la remalvinización acaso pasajera de la política exterior del país al inicio por parte de una pequeña empresa, Desire Petroleum, de tareas de exploración. Geólogos norteamericanos creen que podría haber 60.000 millones de crudo bajo aguas cercanas a las costas del archipiélago, pero también es posible que el costo de ubicarlos, y ni hablar de explotarlos, resulte ser prohibitivo.

Sea como fuere, el que haya motivos para suponer que algo económicamente valioso estaría en juego ha venido bien al gobierno de Cristina; para muchos en otras latitudes, es difícil entender la pasión argentina por islas que, de no haber sido por los británicos, estarían tan escasamente pobladas como buena parte del territorio continental, pero si es cuestión de petróleo todo les parecerá perfectamente lógico.

Fue sin duda por eso que Cristina les explicó a los asistentes a la cumbre de Cancún que “el siglo XXI tiene como escenario la disputa de sus recursos naturales”, advirtiéndoles que tendrían que prepararse para hacer frente a una invasión de imperialistas codiciosos. Quienes piensan así se equivocan: lo que realmente cuenta hoy en día, y contará cada vez más en el futuro, es “el capital humano”, la capacidad para aprovechar al máximo la inteligencia y la imaginación de la gente, rubro éste en que los latinoamericanos se han rezagado.

Al fin y al cabo, muchos países que están atiborrados de recursos naturales, entre ellos la mayoría de los africanos y algunos latinoamericanos, son paupérrimos; otros, como Suiza, que sólo tiene nieve, son riquísimos. De todas formas, el poder de convocatoria que ha hecho del diferendo con Gran Bretaña en torno a las Malvinas la causa nacional por antonomasia nunca ha tenido nada que ver con el dinero. Las Malvinas importan por lo que simbolizan, no por las riquezas que podrían contener.

Si fuera cuestión de una vulgar reyerta comercial, la propuesta británica según la que a la Argentina le convendría olvidarse de las islas para entonces colaborar en la búsqueda de petróleo o lo que fuera en sus alrededores tendría algún sentido, porque los beneficios mutuos serían sustanciales. En tal caso, se hubiera alcanzado un arreglo mutuamente provechoso hace muchos años, pero sucede que las posibles ventajas materiales que supondría una solución del conflicto siempre han sido lo de menos.

Puede argüirse que, en términos económicos, la Argentina ha pagado un precio colosal por enemistarse durante décadas con un país que siempre ha desempeñado un papel central en el sistema financiero internacional, pero pocos, muy pocos, soñarían con dejarse impresionar por detalles de aquel tipo.


Fuente: Revista Noticias

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