Por Mariano Grondona para La Nación

El gobierno y la cuestión de la verdad

Un análisis del periodista sobre el libro ¿Dios existe?, el debate entre el cardenal Joseph Ratzinger y el filósofo italiano Paolo Flores d´Arcais sobre la existencia o la inexistencia de Dios.
domingo, 1 de febrero de 2009 · 00:00
Uno de los libros que más me han impresionado últimamente contiene el debate entre el cardenal Joseph Ratzinger y el filósofo italiano Paolo Flores d´Arcais sobre la existencia o la inexistencia de Dios ( ¿Dios existe? , Espasa, 2008). En el momento del debate, Ratzinger estaba a punto de convertirse en el papa Benedicto XVI. Flores, en cambio, es ateo. Las posiciones de ambos no podían ser, en principio, más antagónicas. En el curso del debate, sin embargo, aparecieron sugestivas coincidencias.

Flores destacó, en este sentido, que entre los valores del Evangelio y los valores de la filosofía existe "un terreno común", y dio como ejemplo un pasaje donde Cristo instruye a sus discípulos diciéndoles: "Sea vuestro lenguaje; sí, sí; no, no". A partir de aquí, los dos polemistas coincidieron en que, aunque tengan distintos puntos de vista, la religión y la filosofía, incluidos el catolicismo y el ateísmo, aceptan, como terreno común, la búsqueda sincera de la verdad.

Ambos coincidieron además en exaltar el papel que jugó el papa Juan Pablo II en la derrota final del comunismo, pero, también con el asentimiento de Flores, Ratzinger fue más allá de la definición convencional del comunismo como un sistema que promueve la propiedad colectiva de los medios de producción (una definición "económica") o como un sistema en el que el Estado tiene el poder "total" y por eso también se lo llama "totalitario" (una definición "política"), y agregó que, por haberlo padecido en su Polonia natal, Juan Pablo había experimentado en carne propia que, aparte de sus características económicas y políticas, el totalitarismo comunista "ha destruido las almas mediante la mentira , que fue su verdadera característica".

Mentira y democracia

Cuando descalificaron al totalitarismo comunista ya no por sus rasgos económicos o políticos, sino por su apelación sistemática a la mentira, Ratzinger y Flores dieron un salto analítico de proporciones al atribuir su esencia, y la de todo totalitarismo de izquierda o de derecha, comunista o nazi, a una transgresión moral . Este giro intelectual, esta audacia teórica, nos invita a los que habitualmente buscamos calificar o descalificar a los gobiernos por sus métodos económicos o políticos, a agregar a nuestro cuestionario esta pregunta fundamental: cuando un gobierno determinado se dirige a los ciudadanos, ¿les miente o les dice la verdad?
Este nuevo enfoque pareciera utópico si se toma en cuenta que la mentira es una indeseada pero frecuente compañera de la actividad política. ¿No mienten acaso los políticos en sus campañas electorales? ¿No formulan los gobiernos promesas que no cumplirán? Cuando hacen el balance de su gestión, ¿no exageran sus aspectos favorables mientras minimizan sus aspectos desfavorables? ¿Cómo considerar la mentira entonces una característica propia del totalitarismo cuando ella abunda, asimismo, en las democracias? Si todos mienten, ¿por qué condenar al totalitarismo, pero no a la democracia por la misma falla moral?

En los tiempos del absolutismo monárquico de la Edad Moderna, antes del advenimiento de la democracia, se aceptaba que el rey apelara a lo que dio en llamarse "la razón de Estado" para elaborar sus decisiones. Lo cual quería decir que los reyes, cuando eran absolutos, no tenían ninguna necesidad de contarle al pueblo la verdad. Es que el pueblo, por entonces, era un conjunto de "súbditos" y no de "ciudadanos". ¿Nadie tenía entonces en los regímenes monárquicos la obligación de la veracidad? Sí, la tenían los funcionario ante el rey porque, siendo él el titular de la soberanía, engañarlo equivalía a traicionarlo. La "razón de Estado" no obligaba a los reyes respecto del pueblo, pero sí a los funcionarios con respecto al soberano.

Pero la democracia consiste, por definición, en la soberanía del pueblo. Es éste entonces el que necesita que le digan la verdad. Mentirle al pueblo es traicionarlo porque se le deforma o se le niega la información que requiere para tomar sus decisione

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