Por Tomás Eloy Martínez para La Nación

Estados Unidos regresa al mundo

Bush destrozó algunas de las creencias básicas que su país había logrado exportar al mundo durante el siglo XX.
domingo, 1 de febrero de 2009 · 00:00
Se ha señalado mucho, pero no lo suficiente, que los ocho años del gobierno de George W. Bush dejaron como legado una crisis económica mayúscula que evoca los desastres de la Gran Depresión, así como la destrucción de los valores morales sobre los cuales se construyeron el respeto y la influencia que los Estados Unidos ejercieron en el mundo durante los dos siglos anteriores. Menos, en cambio, se han observado los daños definitivos que esas catástrofes han infligido a los sueños de hegemonía que los Estados Unidos tuvieron en las manos después de la caída de la Unión Soviética, en 1989.

Bush destrozó algunas de las creencias básicas que su país había logrado exportar al mundo durante el siglo XX. La supremacía de la paz como mejor forma de vida de los pueblos, por ejemplo, sucumbió el día en que inventó el concepto de "guerra preventiva". También se acabó la fe en el libre mercado como argumento para mejorar la vida de los individuos. Mientras tanto, China, que cultiva un capitalismo heterodoxo y cuyo gobierno dista de ser democrático, sigue siendo un modelo alternativo, aunque ya no esté creciendo a paso de atleta. La importancia de las Naciones Unidas como un concierto de los grandes poderes para buscar la pronta resolución de conflictos -tal como la concibió, entre otros, Franklin D. Roosevelt-, se vino abajo desde que Bush padre impuso el unilateralismo en la Guerra del Golfo.

Nunca la imagen de los Estados Unidos en el mundo había caído en un foso tan hondo. La desconfianza que el anterior inquilino de la Casa Blanca despertaba hace un año entre los ciudadanos de los países europeos superaba el 85%, y siete de cada diez norteamericanos creían que, en comparación con el pasado, los Estados Unidos habían perdido el respeto mundial, según encuestas de Pew Global Attitudes.

Los estudiantes universitarios que intentaron ir a residencias de intercambio el último invierno austral -antes de la crisis- tropezaron con hostilidad, disgusto y negativas inapelables. Dos amigos que asesoran a franceses y alemanes en la compra de obras de arte fueron rechazados con gestos de desconfianza. Los turistas insolentes de sombreros de paja, bermudas y grandes anteojos de sol que invadían el mundo con sus puñados de dólares ya ni siquiera desembarcan de los cruceros, por miedo a los epítetos con que se los recibe en los puertos.

El efecto está durando más tiempo que el gobierno de Bush. Una medición de Gallup sobre el liderazgo norteamericano, hecha en 139 países, muestra que la antigua hegemonía se está cayendo a pedazos. Barack Obama lo sabe. En su discurso inaugural, el 20 de enero, apeló a interlocutores de todo el mundo: "Con viejos amigos y antiguos contrincantes, trabajaremos sin descanso para reducir la amenaza nuclear y hacer retroceder el fantasma de un planeta que se calienta". A la vez, abrió el diálogo con dos temas que el ex presidente había cerrado. "Al mundo musulmán", "a aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño", "a los pueblos de las naciones más pobres".

De todos modos, su mirada sigue siendo imperial, como ha sido la de todos los que gobernaron su país en los últimos cien años: "Sepan que los Estados Unidos son amigos de cada nación y de cada hombre, mujer y niño que persigue un futuro de paz y dignidad. Sepan que estamos listos para asumir el liderazgo una vez más".

La idea del destino manifiesto de los Estados Unidos, surgida en tiempos de la anexión territorial del Oeste e invocada tantas veces por Theodore y Franklin Roosevelt, por Ronald Reagan y por Woodrow Wilson, se mantiene, aunque parezca hoy una aspiración insensata. Es la historia de la aspiración norteamericana a ejercer el control sobre toda América, desde la Doctrina Monroe (1823) hasta el reciente Plan Colombia, modificada por la Guerra Fría. "La intención de proteger a los países de todo el mundo del comunismo -escribieron Toni Negri y Michael Hardt en Imperio - llegó a ser una actitud indistinguible de la pretensión de dominarlos

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