Por Joaquín Morales Solá para La Nación

Optimistas, aun en medio de las ruinas

Por fin Néstor Kirchner y el campo coinciden en una misma situación: los dos están agotados, secos e impotentes.
domingo, 1 de febrero de 2009 · 00:00
Por fin Néstor Kirchner y el campo coinciden en una misma situación: los dos están agotados, secos e impotentes. Sólo un aspecto los diferencia: los campesinos han aceptado la ruina, mientras Kirchner se resiste a reconocerla. Esa convergencia involuntaria no los unió, sin embargo, y es probable que los separe aún más. Kirchner ha deslizado entre íntimos la convicción de que el país vive una crisis pasajera y superficial. ¿Por qué? Misterio. ¿Cómo saldrá la Argentina de ella? Milagro. El desdén es su única respuesta.

En esos diálogos entre susurros, el ex presidente en funciones se muestra atenaceado sólo por las preocupaciones electorales. Un candidato taquillero aquí. Una obra pública allá. Nada sustancial. Las elecciones serán en octubre, y el Gobierno y los argentinos deberán atravesar antes, lo quiera Kirchner o no, las consecuencias de una imprevisible y profunda crisis económica, nacional e internacional. La Argentina resurgió de la gran crisis de principios de siglo prendida de las faldas de una opulenta economía mundial, que creció como no lo había hecho en muchas décadas. Esta vez, el mundo no estará en condiciones de salvar al país. Cada nación, por lo tanto, deberá hacer su propio esfuerzo.

La obra pública no es una metáfora. Con sus viejos reflejos de intendente (los únicos que mostró hasta ahora), Kirchner está seguro de que cualquier economía resucita con un buen plan de obras públicas. Es posible que ni siquiera le sirva para las elecciones. Aun cuando se cumplieran todos los anuncios y los plazos (lo cual sería una novedad), el movimiento económico y laboral de las obras públicas comenzará a percibirse sólo en julio, muy cerca de los comicios. Por ahora, es la construcción privada lo que se ha frenado en seco, porque nadie compra nada.

Una de las principales empresas constructoras le pidió al Gobierno que abriera créditos hipotecarios para sus eventuales compradores de viviendas. No habrá créditos hipotecarios, pero podemos abrir créditos para que se construyan edificios , respondió un alto funcionario económico. ¿Y para qué vamos a construir edificios si nadie va a comprar viviendas? , le respondió un empresario. Elemental, en un mundo al revés.

Esa distorsión no es una anécdota ni una casualidad. Una tormenta perfecta se avecina y la Argentina no tiene un referente económico confiable, como lo ha tenido siempre que debió capear una crisis. Tal ausencia tiene dos consecuencias: la sociedad no sabe quién la sacará del pantano inevitable y, por otro lado, la responsabilidad dentro del Gobierno se esparce y se atomiza.

¿Es Carlos Fernández quien debe hacer los deberes o Fernández confía en que la crisis es una cuestión de Débora Giorgi? ¿O, acaso, Fernández y Giorgi piensan que es el ministro todoterreno Julio De Vido el arquitecto de una solución para el conflicto económico? ¿No será que los tres descansan en la seguridad de que Néstor Kirchner es el único ministro de Economía en serio de la Argentina?

Kirchner todavía defiende a Guillermo Moreno ante interlocutores políticos. Lo defiende hasta que los argumentos lo callan. Su silencio es la única mala novedad para el poderoso secretario de Comercio. No hay respuestas posibles cuando las razones tienen el peso de la evidencia. Moreno dijo que resolvería la inflación y no la resolvió. Pidió meterse en el Indec y lo destruyó hasta su total irrelevancia. Su impopularidad contagia al Gobierno cada que vez que abre la boca. ¿Dónde están sus méritos? , le replicó a Kirchner uno de sus amigos. Kirchner optó por el silencio; antes lo había calificado de buen funcionario.

Moreno les prometió 15.000 toneladas de maíz a productores agropecuarios que fueron a verlo para implorarle comida para el ganado. También distribuyó algunos cheques con dinero en efectivo. El ganado se está muriendo de hambre y de sed. Es la estrategia de Moreno para dividir a los ruralistas, que no hace más que profundizar la bronca, rayana con el odio, que se percibe entre los hombre

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