Por Jorge Lanata para Crítica

Presiona y se rearma: aquella Maldita Policía está vivita y coleando

Soportó la purga de más de 8.000 efectivos desde 1990. Aprieta con secuestros, zonas liberadas y se reorganiza. Cómo recaudan los jefes de calle.
domingo, 1 de febrero de 2009 · 00:00

Hay un poder dentro del poder, que crece con la silenciosa determinación de los vegetales. Siempre estuvo ahí, como una hiedra, asfixiando todo, presente en cada rincón, una sombra de la sombra que todos ven pero frente a la que nadie reacciona. Su autoridad no proviene del grito sino del silencio: el secreto de uno construye el de su compañero, el que calla, sabe; y todos hacen callando. Arriba de la sombra hay tratados de legislación comparada, volúmenes de psicología, leyes, decretos, planes de reforma, recortes de diario, sellos de mesa de entradas, historias que nunca terminan de cerrar. La sombra sigue ahí, respirando, pausada, debajo de la sombra.

Si esta historia tuviera que tener un comienzo –porque la sombra no lo tiene, siempre estuvo–, bien podría ser el retorno de la democracia: entre 1983 y 1987 se produjo en la Bonaerense el desbande militar del aparato represivo que había sido manejado por el general Ramón Camps, quien dejó su impronta en sólo veinte meses (abril del 76 a diciembre del 77).

En diciembre de 1984, Camps se jactó ante Clarín de haber sido el responsable de unas cinco mil desapariciones y de haber aplicado la tortura como método. Estaba orgulloso. La policía de Camps fue la de la Noche de los Lápices y el secuestro de Jacobo Timerman, que no descuidó los negocios: asociado con Guillermo Suárez Mason en la importadora y exportadora “de café y frutos” SCA vendió armas a las fuerzas contrainsurgentes en América Central. En 1987, el entonces gobernador Antonio Cafiero intentó enfrentarse a la sombra designando a un peronista de izquierda, Luis Brunatti, como ministro de Gobierno. Diversas fuentes afirman que le ofrecieron cinco millones de dólares a cambio de una actitud distraída. Brunatti no pactó, pero tuvo que renunciar. En 1991, Duhalde llegó a La Plata afirmando que la Bonaerense “era la mejor policía del mundo”; nombró al ex juez Alberto Piotti como ministro y a Pedro Klodczyk como jefe de Policía. Aquellos fueron los años del atentado a la AMIA, la masacre de Andreani y el crimen de Cabezas. “Duhalde le prometió a Klodczyk no meterse en sus asuntos y aumentar el presupuesto a cambio de mayor tranquilidad en las calles –señalan Carlos Dutil y Ricardo Ragendorfer en La Bonaerense–. Las consecuencias del reequipamiento de los ‘patas negras’ comenzó a sentirse: los casos de brutalidad y gatillo fácil se multiplican y potencian con el espionaje ideológico en las escuelas del conurbano (suceden las desapariciones de Miguel Bru y Walter Galeano, y la Brigada de Investigaciones de Lanús masacra a cinco personas en Wilde)”. Dutil y Ragendorfer bautizan en la revista Noticias del 10 de agosto de 1996 a la Bonaerense como la “Maldita Policía”. “La policía se dedica fundamentalmente a la venta de causas a sus abogados –dice la nota–, la mensualización del juego, la venta ambulante, la prostitución, las drogas. Todos los testimonios apuntan a tarifas absolutamente generalizadas. Los jefes se quedaban con el 60% de los recaudado, 30% para los jefes de Brigada y la Unidad Regional y el otro 30% para los jerarcas de la jefatura. El 40% restante se lo tienen que repartir, proporcional y jerárquicamente, entre todos los muchachos de la patota”.

Luego del crimen de Cabezas, Duhalde encargó una purga policial al entonces secretario de Seguridad Eduardo De Lazzari. La Bonaerense reaccionó presionando a los caciques políticos del conurbano, y subieron los índices de inseguridad. En abril de 1997, designan a León Arslanian.

–Cuando yo comencé a remover jefes policiales hubo una extraordinaria resistencia por parte de algunos intendentes que, por su vehemencia, hacía presumir que tenían un interés que iba más allá de lo funcional –comentó Arslanian años después a este diario.

Ruckauf irrumpe entonces como candidato a gobernador pidiendo “meter bala” a los delincuentes. Duhalde cambió a Arslanian por Osvaldo Lorenzo, un ex juex con buenos vínculos policiales. Y sobrevino la masacre de Ramallo. En 1999, Ruckauf asumió

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