Eduardo Van der Kooy para Clarín

El estrecho margen de los Kirchner

Tregua con el campo. Pero ninguna certeza de que esté cerca una solución. Ni siquiera con la promesa de diálogo. La oposición se anima.
domingo, 15 de febrero de 2009 · 00:00
Es probable que si las elecciones fueran las próximas semanas, Cristina y Néstor Kirchner lograrían, aún con pérdidas seguras, sortear el desafío.

La presunción se fundamenta en un puñado de razones. La oposición recién se está bosquejando y ese bosquejo es incierto e insuficiente. El Gobierno dispone todavía de recursos económicos importantes para apuntalar la maquinaria electoral. En especial la que más interesa: Buenos Aires. La Argentina conoce módicamente los efectos económicos de la crisis, pero esos efectos se multiplicarán en el futuro. Se ignora cuánto. Pero escuchando las palabras de Barack Obama en Estados Unidos y observando la realidad de la Unión Europea, ningún pronóstico podría resultar optimista.

El agravamiento de la crisis social tendrá consecuencias electorales y podría llegar a dañar las fortalezas que el Gobierno supone casi inexpugnables: el cordón bonaerense profundo y el interior lejano, de sur a norte. Esas son las garantías que los Kirchner creen poseer para transitar con alguna confianza hasta octubre.

La pregunta que cabría hacerse es si el matrimonio presidencial estima que esa realidad permanecerá inmutable en los meses que restan. Los Kirchner cargarán hasta entonces con alforjas plomizas cuyo peso no podría achacarse únicamente al intento de renacer opositor. Influye mucho la desnortada gestión de Cristina y las debilidades del sistema político-partidario que Kirchner pergeñó durante estos años.

¿Qué debilidades? Las que reflejan la parábola recorrida por el ex presidente. Arrancó con un proyecto que navegó, sin suerte ni pericia, las aguas de la transversalidad y la concertación. Llegará a octubre apostando sólo al peronismo del conurbano y a los votos que le arrimen varios de los caudillos del interior.

Kirchner había conseguido levantar su liderazgo partidario en el 2005 luego de doblegar al duhaldismo. Pero nunca supo consolidarlo. El rumbo que le imprimió el año pasado al conflicto con el campo fue, en ese aspecto, determinante.

Todavía existe un lote significativo de gobernadores del PJ que lo sigue. Pero ese seguimiento tiene más que ver con la necesidad que con la convicción. No hay un gobernador de los leales que esté conforme con el primer año de Cristina en el poder. La mayoría de ellos declaró que prefieren que las elecciones venideras no se nacionalicen.

Esos hombres están observando con lupa lo que sucede en Santa Fe. ¿Qué sucede? Carlos Reutemann viene imponiendo condiciones a Kirchner. Resiste la incorporación de Agustín Rossi a la cabeza de la lista de diputados. Toma distancia pública del matrimonio presidencial. "Rossi va a estar", se lo escuchó fastidiado al ex presidente la semana pasada. El jefe del bloque de Diputados fue un hombre clave en el Congreso para los Kirchner, antes y, sobre todo, después de la derrota con el campo.

En Santa Fe parecería estar en gestación un fenómeno político curioso. Según dos encuestas de toda la provincia Reutemann duplicaría hoy en intención de voto a Rubén Giustiniani, el postulante del socialismo -aliado a la Coalición Cívica- donde Hermes Binner es su figura principal y quien manda en la provincia. Binner, pese al año difícil, retiene una muy buena consideración social.

¿Cómo se podría conjugar una cosa con la otra? Muy simple: Reutemann estaría capitalizando una porción gruesa del voto en contra de los Kirchner. En ese marco, sólo un destello de magia política le permitiría al ex presidente imponer a Rossi como diputado y, a la vez, computar como propio aquel hipotético triunfo que vaticina esa encuesta. Los gobernadores leales quieren observar hasta qué punto es considerada también la lealtad de Rossi.

El otro dilema de los gobernadores oficialistas para octubre es la administración de Cristina. O mejor dicho: la dependencia de esa administración de los humores de Kirchner. Sólo eso explica que la Presidenta deba seguir lidiando a esta altura con el conflicto con el campo

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