Eduardo Van der Kooy para Clarín

Asoma la oposición y aprieta la crisis

Todos los opositores con ambiciones presidenciales parecen dispuestos a jugar cartas en las elecciones de octubre. Vislumbran el fin de la era kirchnerista.
domingo, 8 de febrero de 2009 · 00:00
Dos malas noticias casi simultáneas se abatieron la última semana sobre Cristina y Néstor Kirchner. Una fue disparada, otra vez, por la economía: la fuerte caída en enero de la producción automotriz (54,6%) estaría empezando a desnudar la profundidad de una crisis disimulada por la desatención pública que acostumbra a provocar el verano.

Esa novedad oficial fue acompañada por otra que se mantiene todavía entre muros y que acentuaría la oscuridad de los presagios: la producción de acero en el mismo período disminuyó un 60%. Debe haber, sin duda, relación entre esa disminución y la de la fabricación de autos. La industria siderúrgica suele ser un termómetro confiable de la marcha de cualquier economía.

La otra noticia salió del planeta político. Se advierten en esa geografía dos planos. Abundan los diálogos multipartidarios y sectoriales para enfrentar al kirchnerismo en octubre. Pero detrás del parloteo parece conformarse otra realidad acorde al pensamiento de la oposición sobre que el mandato de Cristina cerraría indefectiblemente en el 2011 el ciclo kirchnerista.

¿En qué consiste aquella realidad? En que todos los líderes políticos con aspiraciones presidenciales han resuelto jugar sus cartas, de una u otra forma, en las próximas legislativas. Habrá que ver qué suerte le toca en la oportunidad a la oposición. Pero en la victoria o en la derrota, octubre se convertirá en una primaria virtual de los dirigentes dispuestos a desafiar en el 2011 al Gobierno y al peronismo oficial.

El recrudecimiento de la crisis económico y el despabilamiento opositor en un trance electoral clave nunca podría provocar sonrisas en un Gobierno. Pero Cristina y Kirchner saben todavía aparentar. La Presidenta sigue enfrascada en los anuncios cotidianos y habla con optimismo celestial. El ex presidente continúa ilusionado con encuestas cuyo origen y veracidad resulta difícil precisar.

Julio Cobos volverá al radicalismo. El vicepresidente sabe que sólo desde su viejo partido podrá lanzarse a la aventura de suceder a los Kirchner. Quizá sea éste el último año que acompañe formalmente a Cristina.

El radicalismo necesitaba a Cobos para equilibrar dentro de la sociedad con la Coalición Cívica el empuje presidencial de Elisa Carrió. Pero el vicepresidente tampoco estaba en condiciones de caminar solo. Su buena ponderación pública ganada con el voto que derrotó al matrimonio en el conflicto con el campo no tuvo traducción en el armado político: apenas en Mendoza, su provincia, pudo diseñar una módica fuerza propia.

El senador Ernesto Sanz hizo una ímproba tarea para lijar las últimas discordias entre Cobos y Gerardo Morales, el jefe de la UCR. El senador jujeño fue uno de los impulsores de la separación de Cobos del partido cuando se arrimó a los Kirchner.

Margarita Stolbizer nació en la UCR aunque es la candidata a diputada en Buenos Aires de Carrió. Los dos mujeres recelaban del posible retorno de Cobos al radicalismo. Pero la realidad les dio una palmada de advertencia: Kirchner tiene decidido apostar en la principal provincia del país el destino de la próxima elección. Aún desvencijado, el radicalismo conserva una capacidad de acción y control político de la cual carece todavía la Coalición Cívica.

Esa experiencia en Buenos Aires difícilmente se reedite en Córdoba. El radicalismo rastrea allí un acuerdo con el ex intendente Luis Juez. Pero Juez no da señales o da señales confusas. En Córdoba existiría una situación propicia para cualquier laboratorio opositor: una encuesta local afirma que más del 70% de los cordobeses parece dispuesto a votar contra los Kirchner.

El pacto, en cambio, asoma bien amalgamado en Santa Fe. Con esa fórmula Hermes Binner llegó hace un año a la gobernación. El candidato será en la provincia Rubén Giustiniani, pero Binner tendrá dificultades para refugiarse en su proverbial equilibrio sin riesgo de hipotecar la futura pelea presidencial.

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