Por Eduardo Van der Kooy para Clarín

Un tiempo de enorme incertidumbre

Ante la candidatura de Kirchner y el adelantamiento de las elecciones, el escenario político del país cambió.
domingo, 15 de marzo de 2009 · 00:00
Néstor Kirchner será al final candidato en Buenos Aires. Gabriela Michetti quizás no tenga más remedio que trenzarse con Elisa Carrió. Mauricio Macri no podrá darle la espalda a la elección legislativa nacional. Hermes Binner deberá cargar de nuevo con la incómoda sombra de Carlos Reutemann. Julio Cobos ha quedado con su proyecto político a la intemperie. Felipe Solá y Francisco de Narváez ya están corriendo una carrera dramática contra el reloj.

Ese paisaje político revuelto e imprevisible sucede a la repentina decisión de Cristina y Néstor Kirchner de adelantar las elecciones. La Presidenta fue autora de la comunicación a la sociedad. El ex presidente maquinó el golpe de timón con la misma audacia e imprudencia con que días atrás se había sumergido en la lejana elección de Catamarca. Allí le fue muy mal. El interrogante queda ahora abierto para la apuesta de junio. Pero, en cualquier caso, aflora el dirigente imprevisible, inescrupuloso, capaz de sacrificarlo casi todo por el poder. En ese sentido, parece arrancarle una luz de ventaja a sus competidores.

Aquel afán por el poder no repara en ninguna frontera política e institucional. Suele ser así cuando sólo el poder es lo que manda. La Argentina ingresa en 90 días de desenfrenada campaña. El Congreso deberá a las apuradas fijar nuevas normas electorales. Los partidos tendrán que improvisar planes y candidatos. Los Kirchner no han sido una excepción, aunque digan lo contrario, al maltrato y el desprecio por las instituciones.

La historia de la democracia de nuestro país tiene que ver con ese maltrato. El peronismo no vaciló en 1989 con atizar el incendio y forzar la salida anticipada de Raúl Alfonsín. Carlos Menem zamarreó la Constitución para permanecer en el Gobierno más de una década. El estallido de la Alianza devino en el 2001 en la insólita sucesión de tres presidentes en una semana. Eduardo Duhalde pergeñó en su tiempo de emergencia una salida electoral pensada, sobre todo, para dirimir fuerzas internas en el peronismo. Kirchner abdicó su reelección pero sin pudores cedió el trono a su esposa, Cristina. ¿Por qué debería entonces sorprender tanto la nueva alteración del calendario electoral?

La culpa y la responsabilidad primaria de tantos desatinos recae siempre en aquellos que concentran el poder mayor. Ahora, los Kirchner. Pero hurgando hacia abajo del esqueleto político se descubren también conductas cuestionables aún en aquellos que, por su trayectoria o su aparición novedosa, generan expectativas en la sociedad. ¿Tenía Binner la necesidad de convertir a Santa Fe, uno de los pagos más castigados por la crisis, en un teatro de tres votaciones hasta octubre? Hay un atenuante para el líder socialista: esa determinación la adoptó luego de una ronda de consulta con los partidos. ¿Necesitaba Macri embretar a los porteños en un desdoblamiento fogoneado quizás por el egoísmo o el temor?

A los Kirchner los está acechando la crisis económica. Cristina alertó con extrema pereza que "el mundo se cae a pedazos" y que "esos pedazos caerán sobre la Argentina". Un gesto saludable de realismo pero también de inocultable hipocresía. La misma Presidenta refutaba con jactancia, hace pocas semanas, a aquellos que advertían sobre los inevitables efectos de la crisis y marcaban las medidas de salvataje que disparaba su Gobierno.

Ese martirio se acortará a junio con el anticipo electoral. Pero no es el único martirio. El conflicto con el campo ha sido devastador para los Kirchner. El desgranamiento del peronismo pone en duda su destino político.

Vamos por partes. Cristina tuvo una áspera reunión con Agustín Rossi y Miguel Pichetto, los jefes de los bloques del PJ en Diputados y el Senado. Esos legisladores le plantearon que no podían en plena época electoral jugar siempre a las escondidas con la oposición empecinada en discutir la baja de las retenciones que reclama el campo. "Parece que están muy influidos por Reutemann", les espetó la Presidenta.

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