Por Mariano Grondona para La Nación

El peronismo, como Jano, ha tenido siempre dos caras

El dios Jano tenía, según la mitología romana, dos caras. Una miraba al Este, al amanecer, y la otra al Oeste, al atardecer.
domingo, 22 de marzo de 2009 · 00:00
El dios Jano tenía, según la mitología romana, dos caras. Una miraba al Este, al amanecer, y la otra al Oeste, al atardecer. Jano era el dios de los comienzos y de los finales. Por eso, los romanos llamaron al primer mes del año Ianuarius , esto es "enero", el mes de Jano. Pero Jano era además el dios de las puertas. Simbolizaba en tal sentido la ambigüedad, ya que las puertas se abren o se cierran. En tiempos de paz, las puertas del templo de Jano, situado en el Foro Romano, permanecían cerradas y en tiempos de guerra permanecían abiertas porque toda guerra, por definición, es incierta. Jano vino a representar de este modo la ambivalencia de la condición humana.

Si los peronistas decidieran honrar a un dios romano, tendrían que invocar a Jano. La similitud entre una divinidad anterior a Cristo y un movimiento político del siglo XX salta a la vista cuando reconocemos que el peronismo, como Jano, ha tenido dos caras que apuntaron en direcciones opuestas. Una de ellas todavía mira al Oeste, al atardecer, al pasado. La otra mira al Este, al futuro, a un nuevo sol. Los peronistas no necesitan definir al peronismo porque, simplemente, lo sienten. Somos los no peronistas los que hemos necesitado definirlo, ya que nos suponemos racionales. Pero el peronismo resistió las definiciones porque su identidad, como la de Jano, se había refugiado hasta ahora entre las puertas giratorias de la ambivalencia.

Y así es como nos hemos pasado la vida: los no peronistas, definiendo al peronismo y los peronistas, sintiéndolo. Pero hay excepciones a esta regla. Hace unos días, un peronista se ha animado a definir el peronismo. Se trata de Julio Bárbaro. El ex titular del Comfer busca la clave del enigma peronista en la historia. Su tesis es que el peronismo, en definitiva, es una narración . Bárbaro cuenta la historia del peronismo a través de una biografía: la del propio Perón. La puerta que se abre

Según la narración de Bárbaro, en un principio Perón creó al mismo tiempo el peronismo y su primera versión: el peronismo de confrontación. Fueron los tiempos en que, según las palabras del fundador, "para un peronista no hay nada mejor que otro peronista", lo cual también significaba implícitamente que para un peronista no había en esos comienzos nada peor que un antiperonista.

Con esta consigna divisoria entre dos clases de argentinos, Perón remontó los primeros años de su carrera política. Replicándole desde el antiperonismo, también en estos tiempos iniciales, sus antagonistas pensaban que para un antiperonista no había nada peor que un peronista.
Peronistas y antiperonistas no fueron por entonces simplemente "adversarios", sino enemigos.
Pero la historia se escribe en doble clave. En la superficie de las cosas, sucede lo que sucede.
Es allí donde los protagonistas hablan y hacen ruido. Más al fondo, silenciosamente, los propios protagonistas toman conciencia de los errores que están cometiendo. Es allí donde, aunque todavía no lo proclamen, ya están aprendiendo. Sólo aprendemos de nuestros errores. Según la parábola del hijo pródigo, mientras éste cometía en la superficie de las cosas toda clase de tropelías después de haber abandonado la casa del padre, su conciencia le mostraba calladamente el error que estaba cometiendo. Hasta que un día, al parecer súbitamente, el hijo pródigo decidió volver al padre con el sabor agridulce del arrepentimiento. Pero no había nada de súbito en su regreso, que era, más bien, el fruto final de una larga experiencia.

Cuando el ya viejo Perón volvió al poder en 1973, en su conciencia había madurado lentamente una nueva visión del país. Fue entonces cuando dijo que "para un argentino no hay nada mejor que otro argentino". En el jardín de su conciencia había brotado la exquisita flor de la reconciliación. Algo similar le había pasado a su archirrival, a ese emblema del antiperonismo que había sido Ricardo Balbín. Se miraron. Se abrazaron. De un lado y del otro de dos fronteras hasta ese momento irreconciliables,

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