Por Eduardo Van der Kooy para Clarín

Un país entre urgencias y fragilidades

La crisis avanza en la Argentina en medio de una enorme volatilidad política. El conflicto con el campo perdura. El clima público sigue enrarecido.
domingo, 29 de marzo de 2009 · 00:00
Todo parece trastocarse en la Argentina durante el fugaz tránsito entre una noche y una mañana. La política oscila entre la ausencia, la fragilidad y la sorpresa. Cristina y Néstor Kirchner gobiernan por espasmo y denotan una llamativa atrofia para resolver problemas que se tornan crónicos. A los dirigentes del campo parece habérseles agotado la imaginación para conducir un conflicto que desde hace un año repite sólo escenas de paros y protestas. La oposición anda a los saltos: una semana después de haber insinuado como nunca destellos de cohesión, vuelve a exhibirse fragmentada para encarar las elecciones de junio.
El vértigo no es en estos tiempos patrimonio de nuestro país. Hay un mundo en crisis que va mutando cada día y nadie sabe bien hacia dónde. ¿Era pensable hace apenas seis meses que Estados Unidos debiera salir a defender el dólar como divisa de reserva global? ¿Era pensable el desafío abierto de China que propugna otra moneda con el aval del FMI?
Quizás el problema no radique en aquel vértigo.

El problema verdadero en la Argentina es que la velocidad de los cambios se produce en el aire, sin anclaje serio en la política, en las instituciones y en el sistema de partidos. El mismo fenómeno sucede en otras naciones, pero en ninguna se instala la sensación de vacío y precariedad que impera aquí. No vale mencionar a los más poderosos: Lula sobrelleva el vendaval en Brasil enfundado en su popularidad; Michelle Bachelet transcurre su último año en el Palacio de la Moneda con el castigo de la crisis, pero con una imagen recompuesta frente a los chilenos; Tabaré Vázquez no tendrá reelección en noviembre aunque la puja en Uruguay por su sucesión continúa con razonabilidad en el Frente Amplio, los colorados y los blancos. Ni siquiera el clima de intemperancia es comparable con el que sucede en otras latitudes. Francia, entre varios países, fue en las últimas semanas teatro de capítulos violentos protagonizados entre obreros y patrones a raíz de las secuelas sociales de la crisis. En la Argentina, el arrebato suele proceder del poder y desde su clase dirigente provocando una enorme mancha en toda la sociedad y su cultura.

Abruma la práctica cotidiana de los piquetes y el escrache que fue consentida durante años por los Kirchner. Inquieta la hostilidad de las palabras entre el Gobierno y la oposición en una instancia donde debiera prevalecer alguna compostura. Alarma la obsesiva confrontación oficial con la prensa. Ocurrió en los últimas días una interferencia a señales de radio y televisión (Canal 13, TN y Radio Mitre). No hay pruebas de que esa interferencia pueda tener que ver con aquella confrontación. El Gobierno se comprometió, aunque con demora, a una investigación. Sería prudente desterrar cualquier sospecha y reponer calma en un ambiente político-social tenso y sensibilizado. Ni siquiera el Gobierno supo contenerse ante la declaración de la Conferencia Episcopal. Aníbal Fernández, el ministro de Justicia y Seguridad, pudo haber evitado la ironía para replicar la advertencia de los obispos sobre el inconveniente clima de confrontación que se percibe en el país. El Gobierno no se ocupó de averiguar, antes de responder, la trama de esa declaración.

Existieron dos secuencias nítidas. El vocero de la Conferencia afirmó el martes 24 que "la paz social está alterada" en el país. Ligó sus palabras al conflicto con el campo y a los problemas de la inseguridad. El plenario terminó difundiendo un texto igualmente certero aunque menos inflamado luego de un debate y cierto disgusto de algunos obispos.
Los reparos corrieron por cuenta, sobre todo, de monseñor Jorge Casaretto y de Agustín Radrizzani, titular de la Comisión de Comunicación Social de la Conferencia. ¿Reparos por qué? Porque habrían considerado inoportuno el momento de la intervención del vocero. Los Kirchner, sin embargo, no perdieron tiempo en recoger ese guante.Cristina tiene hipotecada su relación con la Iglesia. Esa relación no podrá superar en los años de mandato que le quedan la distanc

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