Por Joaquín Morales Solá para La Nación

En un clima de violencia y fragmentaciones

Una sensación de violencia contenida, y a veces no tan contenida, usurpó el espacio público. Desde las indignadas rutas del interior, los productores rurales estuvieron al borde de dejar a sus dirigentes desautorizados.
domingo, 08 de marzo de 2009 · 00:00
Una sensación de violencia contenida, y a veces no tan contenida, usurpó el espacio público.
Desde las indignadas rutas del interior, los productores rurales estuvieron al borde de dejar a
sus propios dirigentes totalmente desautorizados. Ciudadanos atemorizados se desplazan por las calles de la Capital y la provincia de Buenos Aires frente a una ola de frecuentes y brutales delitos. Hasta los propios jueces han denunciado un nivel sin precedentes en el consumo y tráfico de drogas. La crisis llegó. Sindicalistas poderosos amenazaron con simbólicos alardes de armas a gobernantes democráticos y convirtieron la ciudad en un recinto de furia e impotencia. La violencia no ha concluido tampoco de parte de algunos kirchneristas (Guillermo Moreno, sobre todo) que siguen maltratando a funcionarios y empresarios como cuando su gobierno era fuerte y popular, cuando ya era malo.

El problema entre el Gobierno y el campo comenzó con la soja y terminará, bien o mal, con la soja. Cristina Kirchner les negó el martes último a los líderes rurales, tajante, el pedido de revisión de las retenciones de la soja. Se respaldó en razones fiscales, pero también en la necesidad de frenar la "sojización" del país, un latiguillo despectivo y recurrente en su discurso.
Fue el momento más tenso de la reunión, porque los dirigentes rurales no la dejaron avanzar con ese último argumento. El argumento es contradictorio: la Presidenta quiere bajar la superficie de siembra de soja, pero el Estado cosecha de ese producto el 86 por ciento del total de las retenciones a las exportaciones.

Esta última certeza es lo que hace imprevisible una solución, rápida al menos, del conflicto entre gobernantes y campesinos. Los líderes rurales han quedado atrapados entre la necesidad de no aparecer como rupturistas del diálogo, conformar a bases cada vez más insatisfechas y desconfiadas, y, por último, llevar adelante una gestión en medio del común pesimismo de ellos mismos. De hecho, los dirigentes agropecuarios le adelantaron a Cristina Kirchner que no dejarían de bregar por una significativa reducción a las retenciones a la soja. Háganlo a través del Congreso , les deslizó la Presidenta, convencida de que todavía cuenta con una mayoría parlamentaria. ¿Cuenta con ella?

Los productores rasos llevan un año de confrontación, de maltratos y de considerables pérdidas económicas. Hasta cuando Néstor Kirchner quiso elogiar la actitud dialoguista del campo le salió una descripción peyorativa: calificó de patronales rurales a los dirigentes. Esos dirigentes no podían, a su vez, cancelar un diálogo después de haberlo pedido durante seis meses y de haberlo requerido formalmente desde diciembre pasado.

El resultado del encuentro presidencial fue ciertamente módico y vaporoso, para peor, y eso soliviantó a los campesinos.

Alfredo De Angeli expresó, tal vez de manera tosca y brutal, esa opinión de la base agropecuaria. Tuvo un lamentable forcejeo verbal con el presidente de su federación, Eduardo Buzzi. Los dos se fueron de boca en un país demasiado expuesto a los exabruptos. También Mario Llambías debió vérselas con algunas entidades asociadas a CRA, que él preside, porque aquéllas no confiaban en los acuerdos del martes.

El propio presidente de la Sociedad Rural, Hugo Luis Biolcati, se metió el viernes en una manifestación de productores autoconvocados para explicarles que los líderes rurales no habían traicionado nada. El Gobierno cometería otro error si desestabilizara a esos dirigentes: no hay peor conflicto que el que carece de interlocutores.

Con todo, es difícil para esos líderes explicar las razones del diálogo, aunque deban hacerlo, con un gobierno que aún mantiene como poderoso funcionario a Guillermo Moreno, autor de la política que, por ejemplo, destruyó la ganadería hasta poner al país en las puertas de la importación de carnes. Moreno insultó, hace pocos días, a un funcionario de la provincia de Buenos Aires con las peores palabras de

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