Por Mariano Grondona para La Nación

Un príncipe en medio de la República

Se puede ser "maquiavelista" o "maquiavélico". Quién es quién en Argentina de acuerdo a esa definición.
domingo, 8 de marzo de 2009 · 00:00
Se puede ser "maquiavelista" o "maquiavélico". Los "maquiavelistas" son intelectuales que en sus clases o en sus libros enseñan la doctrina de Maquiavelo. Los "maquiavélicos" son, en cambio, aquellos que, hayan leído a Maquiavelo o no, en la prácica hacen lo que él dice que hay que hacer para acumular poder. Autores maquiavelistas como el italiano Gaetano Mosca escribieron a fines del siglo XIX, cuando empezaba a expandirse la democracia, que ella es una ilusión porque en el fondo siempre mandan las minorías.

Que los maquiavelistas sostengan este tipo de teorías no significa que ellos mismos sean maquiavélicos. Al contrario, como intelectuales que son, muchas veces resultan en los hechos tan "chambones" como lo fue Maquiavelo cuando administró a Florencia. El propio florentino, cuando le tocó evaluar a dos grandes de su época, César Borgia y Fernando el Católico, juzgó a éste superior a aquél porque, a la inversa de Borgia, la falta de escrúpulos de los maquiavélicos no se le notaba.

Se suele citar a Maquiavelo como el autor de El príncipe , algo así como el manual del perfecto maquiavélico. Su obra principal versa, sin embargo, sobre las repúblicas, en las que el desenfreno de la ambición ilimitada está contenido por las instituciones. Todos los políticos tiene algo de maquiavélicos, pero allí donde hay instituciones fuertes, ellas se encargan de canalizar la pasión del poder en dirección del bien común de los ciudadanos.

Para incurrir en una última cita, recordemos que Mosca sostenía que en todo sistema político, se declare democrático o no, una minoría organizada siempre prevalece sobre la mayoría desorganizada. Por lo que acabamos de ver "el príncipe", esto es el amante insaciable del poder, contrasta con el político republicano en cuanto éste, a la inversa del príncipe, se detiene ante la saludable valla de las instituciones.

Nuestro "príncipe"

Si aplicáramos esta introducción a la Argentina actual, resultaría que entre nosotros conviven dos clases de políticos. Uno entre ellos es "principesco". Los otros, republicanos, se adaptan por vocación o por necesidad a los límites que nuestra Constitución impone a la ambición desmedida. El espíritu republicano de la Constitución brilla como en ninguna otra parte en su artículo 29, cuando dice que el Congreso no puede conceder al Poder Ejecutivo "la suma del poder público" y que quienes lo hagan "quedarán sujetos a la pena de los infames traidores a la patria". Escrito en 1853, este terrible anatema conserva aún fresco el recuerdo de Rosas, pero, como continúa vigente hoy, podría traducirse al lenguaje que hemos empleado hasta ahora de la siguiente manera: "En la República no se admiten príncipes".

La anomalía que estamos viviendo es que en medio de nuestra República sobrevive un príncipe. Maquiavelo distinguía entre los "príncipes hereditarios" y los "príncipes nuevos". Aquellos estaban moderados en cierta forma por la tradición que les habían transmitido sus padres.
Estos, en cambio, no tenían precedentes ni reglas que los sujetaran, por lo cual su incompatibilidad con los principios republicanos era absoluta. Naturalmente, todo príncipe nuevo vive rodeado de una corte de subordinados incondicionales. Si el príncipe nuevo conduce un principado, su poder es tan ilimitado como su ambición, pero existe aun así cierta coherencia entre el sistema y su protagonista. Lo anómalo entre nosotros es que el principe nuevo que nos gobierna lo hace en medio de una república. Los que lo siguen, lo aplauden ciegamente. Los que no lo siguen, aún no han logrado que lo contengan las limitaciones republicanas. El nombre de nuestro autotitulado príncipe es, obviamente, Néstor Kirchner. Su ambición, que todavía no ha consumado, es conquistar esa suma del poder público que fulmina nuestra Constitución.

Por eso estamos viviendo una contradicción. De un lado, nuestro príncipe nuevo emite todos los signos asociados al desenfreno del poder. Al digitar a su esposa c

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