Por Mariano Grondona para La Nación

La lucha sin cuartel entre la demagogia y la democracia

Entre 1930 y 1983, la Argentina vivió un período pendular. Ahora que los regímenes militares han desaparecido, ¿quiere decir que hemos instalado definitivamente la democracia?
domingo, 19 de abril de 2009 · 00:00
Entre 1930 y 1983, la Argentina vivió un período pendular cuyos extremos fueron la democracia y la autocracia. Ahora que los regímenes militares han desaparecido, ¿quiere decir que hemos instalado definitivamente la democracia? El analista político Michael Signer se permite dudarlo. En su reciente libro El Demagogo. La lucha por salvar la democracia de sus peores enemigos (Demagogue. The Fight to Save Democracy From its Worst Enemies, Palgrave Macmillan, 2009), Signer sostiene que la democracia tiene dos clases de enemigos: unos son sus enemigos "externos", como fueron entre nosotros los golpes militares, y otros son sus enemigos "internos", porque nacen dentro de ella. A la cabeza de estos enemigos internos, Signer coloca a los demagogos .

Ya cuando Aristóteles propuso su famosa clasificación de las formas de gobierno, incluyó en contra de la forma pura de la democracia la forma impura de la demagogia. Pero a la inversa de la autocracia, que ya desde su nacimiento reconoce ser antidemocrática, Signer observa que la demagogia nace dentro de la democracia y busca confundirse con ella como si fuera un virus maligno.

Que la democracia haya triunfado entre nosotros a partir de Alfonsín contra sus enemigos externos, no quiere decir que se haya vuelto invulnerable porque en sus propias entrañas acecha un enemigo cuyo origen es, paradójicamente, democrático. Una democracia saludable es aquella que no se sobrepone solamente a sus enemigos de afuera, sino también a esos enemigos de adentro que, habiendo nacido en su interior, la acechan para corromperla. El principal enemigo de las democracias de hoy, ahora que ellas se han impuesto a enemigos externos como el facismo, el militarismo y el comunismo, es según Signer el demagogo porque, si ellas lo descuidan por creerse seguras, podría atacarlas por sorpresa como el dengue a esta sociedad que lo había olvidado.

No existe tal cosa entonces como una "democracia segura". La democracia es vulnerable a la demagogia que ella misma puede engendrar como nuestro organismo es capaz de generar tejidos cancerosos. A la vista de lo ocurre hoy en el mundo, las nuevas democracias que no tienen todavía una larga experiencia son las más expuestas a esta amenaza latente. Esto es particularmente cierto tanto en la Rusia de Putin como en América latina, donde países como Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Honduras y la Argentina están sufriendo los ataques de los demagogos sin haber llegado todavía a padecer la tiranía aunque ella, como la Cuba de los Castro lo demuestra, es la meta final de los demagogos.

La seducción del pueblo

Signer, siguiendo a Aristóteles, compara la acción de los demagogos con la de los cortesanos porque, mientras éstos tratan de seducir al rey mediante la adulación para desviarlo después hacia sus propios fines, los demagogos intentan seducir al "rey" de la democracia, que es el pueblo, halagándolo mediante falsos elogios y promesas para ponerlo finalmente en sus manos. Una vez que el pueblo se les ha rendido como un rey vanidoso a sus cortesanos, lo demás es relativamente fácil porque, como los demagogos van obteniendo en el transcurso de su progreso político cuotas crecientes de poder en dirección de lo único que les importa, que es la totalidad del poder, si el pueblo termina por reconocer demasiado tarde que ha sido engañado, cuando quiere reaccionar ya está en cadenas. Es en ese momento preciso que la intención tiránica del demagogo queda al descubierto. Ya el pueblo cubano no puede rebelarse contra los Castro. Podría decirse que los Castro al fin se quitaron sus máscaras, pero la verdad es que han dejado de necesitarlas.

Chávez se halla, en este sentido, en un tramo intermedio entre la demagogia y la tiranía. Un poco más atrás de él lo siguen otros gobiernos latinoamericanos también infectados por el virus demagógico. Cuando Chávez perdió el plebiscito mediante el cual pretendía eternizarse en el poder, a fines de 2007, la democracia venezolana conservaba

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