Por Tomás Eloy Martínez para La Nación

La rueda de la fortuna

Junto con el torrente de e-mails indeseados me ofrecen toda clase de milagros, ha empezado a repetirse en mi casilla, con alarmante insistencia, la buena nueva de que soy el ganador de distintas loterías.
domingo, 26 de abril de 2009 · 00:00
Junto con el torrente de mensajes electrónicos indeseados que a diario me ofrecen toda clase de milagros químicos, financieros y turísticos, ha empezado a repetirse en mi casilla, con alarmante insistencia, la buena nueva de que soy el ganador de distintas loterías. Me gustan en particular las que usan nombres previsibles, como El Gordo de España o Princess Diana Lottery, y reservan su imaginación para las paradisíacas promesas de los premios. Ninguno de los remitentes de esos e-mails, por cierto, representa a lotería alguna, ni yo me he atrevido a responderlos por temor al aluvión de imitadores que me prometerían fortunas en bandeja. En tiempos de crisis económica y desconfianza en el sistema como los que se viven, suelen multiplicarse las ilusiones de salvación por medio del dinero. Es otra de las formas que asume el pensamiento mágico para proteger el corazón humano de las incertidumbres del desempleo creciente, las jubilaciones evaporadas por estafadores como el insuperable Bernie Madoff y las ejecuciones hipotecarias con que comenzó esta inesperada derrota del futuro.

Si la previsión no puede dar certezas, ¿por qué no lo haría el azar? En Slumdog Millionaire , la película que ganó este año el Oscar, una joven llamada Latika le explica a su enamorado Jamal que la gente confía en que sólo el dinero le permitirá "huir de la vida que tiene". Y por esa ilusión se cae en distintas trampas.

Responder entusiasmado y de prisa a presuntos éxitos, tal como exige uno de los e-mails, genera "costos menores: seguros, impuestos, servicios bancarios y envíos de correo privado". Pero quien crea que ganó millones de dólares en la lotería no se preocupa por reparar en gastos. Sobre todo si el anuncio ofrece garantías de seriedad. Uno de los que yo recibí, por ejemplo, aseguraba que mi nombre aparecía asociado al boleto 024-45-469-292-789, número de serie 2214-08. Las cifras trataban de inspirar confianza, pero eran falsas.

Excepto por la diferencia tecnológica, la historia con la que voy a distraer al lector de esta columna podría suceder mañana. Sucedió, sin embargo, hace quince años, antes del auge de Internet y de la decadencia del correo norteamericano. Desde entonces el mundo ha dado muchas vueltas, pero la credulidad desesperada de los seres humanos es la misma, aunque multiplicada por las ruedas de la fortuna online .

Cierta mañana, a fines de junio, un amigo venezolano al que conocí en Caracas cuando llegué exiliado y sin un peso fue a visitarme por sorpresa a mi casa de Highland Park, en Nueva Jersey. Aun antes de que lo abrazara y lo invitara a pasar, pidió que le permitiera usar mi dirección postal. "Pronto voy a ser rico", me dijo Franklin (ése es su nombre). "Voy a ganar el gran billete con el sweepstake ".

Hasta el momento, esa palabra significaba para mí apenas una herramienta de promoción comercial que aparecía con fatigosa puntualidad en mi correo: "¡Usted puede ser el ganador de un millón de dólares! Suscríbase a tres publicaciones por año y participe del sorteo". En algún lugar de la letra chica se decía que no era necesario suscribirse para participar, pero que eso aumentaba las probabilidades. Igual que los minilotos que cada tanto acompañan los combos de comida rápida o que las campañas de juntar tapitas de gaseosas para participar en sorteos de objetos de consumo juveniles.

El sweepstake de mi amigo, en cambio, estaba lleno de misterio.

No podía negarle ayuda, pero quería entender mejor lo que necesitaba. Le pregunté por qué no tomaba una casilla de correos en Miami. Cuestan poco, son seguras, y la misma oficina podía desviarle las cartas a la dirección que él quisiera. "Voy a ganar diez millones de dólares y una casilla de correos no me sirve -explicó-, porque necesito un lugar físico en el que se puedan almacenar objetos." Como advertí que mi reticencia lo ofendía, le dije que contara conmigo: con mi dirección postal y un altillo para los objetos. Le informé que el rincón se derretía en verano y se c

Otras Noticias