Por Ernesto Tenembaum para Revista Veintitrés

Genocidas

Sobre las opiniones y las acusaciones emitidas a veces gratuitamente en un país, víctima de su pasado militar.
viernes, 6 de agosto de 2010 · 00:00
Uno de los aspectos más fastidiosos del debate político actual es la recurrencia a la utilización de dos acusaciones tan repetidas que se han transformado en un pegajoso lugar común. La primera: cómplice de la dictadura.

La segunda: decís tal cosa porque te paga fulano. Últimamente, abundan los personajes menores, muchas veces advenedizos que, en cualquier momento, de una discusión son capaces de tirar, sin más ni más, contra cualquiera, la frase matadora. Es que fulano es amigo de mengano que es pariente de zutano cuyo padre en 1977 escribió una nota donde no criticaba las violaciones a los derechos humanos. O: ¿y que querés que diga si trabaja para tal o cual?

Eso le puede pasar a cualquiera: a Alfredo Leuco, Héctor Timerman, Julio César Strassera, Néstor Kirchner, la Tía Nelly, Ignacio Copani, Luis Juez, Sergio Szpolski, Luis D’Elía, la jueza Sarmiento, Beatriz Sarlo, Horacio Verbitsky, Marcos Aguinis, Víctor Hugo Morales, Magdalena Ruiz Guiñazú, Florencia Peña, Hermenegildo Sábat o el que sea. Personas que no robaron, que no torturaron, que no cometieron ningún crimen ni apañaron a ningún criminal, muchas de las cuales fueron dignísimas, son acusadas por cualquier personaje, a veces personaje menor, de cualquier cosa.

No importa lo que cada uno de ellos haya hecho en su vida, ni su honestidad, ni su trayectoria. Y mucho menos si lo que se le intenta rebatir es cierto o falso. Lo que importa es que piensa distinto a uno.

Entonces, inmediatamente, alguien encontrará el atajo y largará el latiguillo.

Fue cómplice de la dictadura.

Habla porque le pagan.

O las dos cosas.

No sé cuándo empezó este disparate pero, en relación al primer argumento, tengo muy presente la primera y la última vez que me llamó la atención por su desmesura. La primera fue el 7 de junio del 2003. Eran los mejores momentos del kirchnerismo. El entonces presidente encabezaba una ofensiva para derrocar a la Corte Suprema menemista y construir la Corte más independiente y respetable que hayamos tenido. Julio César Strassera, el fiscal del juicio a los ex comandantes, objetó ciertos aspectos del procedimiento de juicio político. Cuando le preguntaron por esa opinión, Néstor Kirchner lanzó la acusación:

–¿Qué quieren? Si fue fiscal de la dictadura...

Kirchner acusaba ¡a Strassera!

El último exabrupto, en ese sentido, se produjo el fin de semana que pasó. La cantante Patricia Sosa participó del acto de inauguración de la feria que organiza la Sociedad Rural todos los años. Inmediatamente, se le inundó su casilla de e-mail y su sitio de Facebook con mensajes amenazadores, donde la acusaban de “cantar para los genocidas”. Sosa contó en diálogo con Fernando Bravo: “La gente es muy intolerante, te tienen que poner de un bando o en otro. Pero para mí es un trabajo; no sabía que iba a hablar el presidente de la Rural y no sé qué dijo. No canto para genocidas; repudio a los genocidas. Estamos hablando de una Sociedad Rural de hace treinta años y de otra que pasó por todos los gobiernos democráticos. Si tiene problemas con el Gobierno yo no tengo nada que ver; sólo fui a cantar el Himno Nacional Argentino”.

A ver si entendemos: como Patricia Sosa cantó en el acto de apertura de la Sociedad Rural, y en 1976 la Sociedad Rural fue cómplice de la dictadura, eso la convierte a ella inmediatamente en cómplice de la dictadura. La acusación es un disparate propia de miserables, cazadores de brujas, gente que en su vida íntima no debe tener coraje para plantarse frente a nadie. Sé que algunas personas leen esta nota y piensan: si fue a cantar ahí, que se joda, que se la banque.

Yo creo –y cada vez más lo creo– que es cosa de cruzados, de dogmáticos e inquisidores. Pero tiene su efecto. Créanme: tiene su efecto, porque nadie quiere ser acusado de semejante horror y entonces estas estupideces generan miedo en gente que debería expresarse con libertad y elegir trabajar donde mejor l

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