Por Eduardo Aliverti para Página 12

Heridos y desafíos

¿Cuánto hay de cierto y cuánto de falaz en las noticias y especulaciones que siguieron a la designación de Boudou como candidato a vice y, más aún, al cierre de listas electorales en el oficialismo?.
lunes, 4 de julio de 2011 · 00:00

La pregunta toma nota de uno de los grandes ejes informativos de la semana pasada. Pero su sola formulación encierra una tendenciosidad que sirve para, en parte, contestarla. Los principales medios opositores hartaron, casi, con la nómina de heridos dejada por las decisiones de Cristina. En rigor de verdad, no habría mayores objeciones a esos apuntes porque, incluso, fueron algunos referentes del mismo kirchnerismo quienes manifestaron su disgusto. Luis D’Elía y Julio Piumato lo hicieron de manera pública, sin medias tintas. En voz más baja, aunque nunca tanto como para no trascender, hubo voces disonantes cerca de Scioli –que se encargó de desmentirlas, lo cual no es dato menor se le crea o no– e intendencias del conurbano, que ya venían golpeadas por el nombramiento de Mariotto como acompañante del gobernador. También es cierto que algunos laudos resonaron particularmente injustos, como en los casos santafesinos del gremialista Juan Carlos Schmid y de Alejandro Rossi, hermano de Agustín, que preside el bloque de diputados del Frente para la Victoria. Tal lo indicado por Mario Wainfeld en su columna del jueves pasado, el primero –próximo al líder de la CGT– defiende con ardor al kirchnerismo desde una sólida formación política; y el segundo aguantó los trapos con energía nada menos que durante el conflicto con la gauchocracia. Difícil de justificar que los hayan relegado. Y puede decirse algo similar en torno de la radical Silvia Vázquez y el socialista Ariel Basteiro, quienes tuvieron igualmente actuaciones muy destacadas en el codo a codo con el oficialismo: Vázquez cuando la batalla por la ley de medios –también nada menos– y Basteiro contra el gorilismo ilustrado de su propio partido.

Este registro de magullados varios por la lapicera presidencial es susceptible de ensanche, en todo el país, con Córdoba y La Pampa a la cabeza. Prenderse de esa lógica significa hacerlo del chiquitaje político. De la chusma de palacio. No hay antecedentes de que haya ocurrido algo distinto ante cualquier elección, en primer lugar. Se ponen en juego 13.285 cargos públicos nacionales, que incluyen en ese plano 130 diputados y 24 senadores. ¿Hay, en su sano juicio, quien pretendiera un limbo de ausencia de conflictos, despechos, acusaciones? Y enseguida: ¿sólo en el palo oficial están los lesionados? Solanas provocó un tsunami interno que expulsó a Lozano y De Gennaro, apenas por citar a los más renombrados. Macri ya había escaldado a Michetti, con algunas lenguas insidiosas, dentro de sus filas, que hablaron y hablan de cómo la ex vice porteña y actual diputada nacional venía molesta con negocios pecuniarios de su jefe. El cierre de candidatos entre el hijo de Alfonsín y De Narváez fue una batalla campal, consignada en crónicas a las que nadie presta atención (y de alcances impredecibles a la hora de prever el voto de los radicales bonaerenses, estupefactos en buena medida, al parecer, por la alianza con un personaje de derecha mediática que dudosamente habría aprobado el padre del hijo). En la Coalición Cívica hubo terremotos semejantes, con Fernando Iglesias repartiendo intimaciones de ruptura si Carrió no respetaba la expectación de su tropa. Más el renovado papelón de Duhalde, de cuyas huestes fugó enojada Graciela Camaño para retornar al ratito como cabeza de lista. Si se coteja la repercusión de las chuzas opositoras contra la alcanzada por los lesionados del oficialismo, sobra para constatar que –al margen de indicaciones certeras– hay una opereta periodística.

¿Eso es todo? No: el dedo de Cristina ratificó que el poder descansa en ella y confirmó una pretensión de rumbo que, efectivamente, acentúa buscar otra cosa dentro de la cosa conocida. Sobre lo primero, su indiscutible condición de jefa permite pronosticar que, pasados los efluvios del armado electoral, habrán de reacomodarse obedientes aun los más disconformes. El peronismo siempre funcionó así y no se advierte por qué tendría que ser diferente en esta oportunidad, cuando además no hay ninguna opci

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