Por Ernesto Tenenbaum para Revista Veintitrés

Somos muy felices

Sobre las próximas elecciones porteñas y las nacionales; de estadísticas, intención de voto y otras yerbas.
viernes, 08 de julio de 2011 · 00:00
–¿Qué le dijo un jardinero a otro?
–Seamos felices mientras podamos.
(Viejo chiste popular noruego)


Si no hay grandes variaciones respecto de lo que anuncian las encuestadores más serias, en público y en privado, el próximo domingo habrá dos oficialismos que tendrán motivos para festejar: el porteño, ya que Mauricio Macri parece a punto de conservar gran parte de los votos que logró en la primera vuelta del 2007, es decir, 45 de cada cien; y el nacional, ya que el kirchnerismo habrá logrado su mejor elección en la ciudad de Buenos Aires desde que llegó al poder (Aníbal Ibarra también superó apenas el 30 por ciento pero conduciendo una coalición que contaba con el apoyo, por ejemplo, de Elisa Carrió). No son los únicos oficialismos que festejan. El domingo pasado le tocó a la fueguina Fabiana Ríos, que competía con una candidata kirchnerista. Y, como un efecto dominó al revés, van ganando partidos provinciales, gobernadores peronistas alineados con la Casa Rosada, disidentes moderados y son favoritos para revalidar títulos el peronismo díscolo de Córdoba y el socialismo de Binner en Santa Fe. Para no hablar del muy previsible triunfo de Cristina Fernández de Kirchner a nivel nacional. La única excepción fue –y parece ser que será– la provincia de Catamarca. Lo mismo ocurre en el resto de América latina, donde sólo la coalición de centroizquierda que gobernaba Chile y el gobierno peruano fueron derrotados. En el resto del continente triunfan las centroizquierdas más moderadas, los líderes más radicalizados y la derecha más tradicional.

Lo que tienen en común todas estas expresiones políticas es una sola cosa: les toca gobernar en tiempos de bonanza.

Y parece que si hay plata es más fácil.

Es muy simpático, en este contexto, escuchar cómo hablan los unos de los otros.

A principios de marzo, tuve la oportunidad de entrevistar a Walter Wayar, el candidato kirchnerista a la gobernación salteña que acababa de ser derrotado por el gobernador moderadamente opositor –o moderadamente kirchnerista, según la frase que se tome– Juan Manuel Urtubey.

Le pregunté a Wayar por qué la gente votaba a Urtubey.

–Por el viento de cola –me explicó–. Salta anda bien porque el país anda bien. Pero podría andar mejor si no fuera Urtubey el gobernador. Ahora, ¿cómo puede convencer uno a la gente de eso si hay tanta plata?

Ese argumento es usado todo el tiempo por la oposición para explicar por qué Cristina tiene tan altos porcentajes de votos. Y por el kirchnerismo para justificar la carrada de gente que, como parece ser, va a votar por Macri, sobre todo en los barrios más humildes de la ciudad. Para la oposición, la gente no entiende que el gobierno nacional es malo pese a que a ellos les va comparativamente mejor que antes. Para el kirchnerismo, los porteños no comprenden que Macri se beneficia del viento de cola nacional y que todo sería mejor si prescinden de él.

La verdad de la milanesa no la esperen en esta nota, ya que el autor no conoce demasiado de verdades ni de milanesas. Pero, a simple vista, parece ser que es muy difícil demostrar lo que dicen todos al unísono: esto es, que los votos propios se deben a un justa apreciación del aporte de nuestros sensacionales candidatos, y los votos ajenos a una grosera equivocación acerca de quién es el que produjo el milagro argentino, o porteño, o el que fuera.

El viento de cola es tan fuerte y sesga tanto la situación que, en algún sentido, los aportes o errores, las virtudes o miserias, de los distintos oficialismos parecen marginales, o no demasiado importantes, a la hora de explicar qué es lo que pasa. Cuando a todos los va bien casi por igual, en el país y en el continente, es evidente que hay un factor externo que los levanta al mismo tiempo, más allá de los colores políticos, las ideologías, el carisma o lo que fuera.

Eso no quiere decir que todos los candidatos sean la misma cosa. Por supuesto, l

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