Por Eduardo Van Der Kooy para Clarín

Freno a Cristina en un país despistado

La Argentina se consume entre una política muy pobre y las peleas del Gobierno con el Poder Judicial. Nadie atiende la crisis global que tuvo en París una manifestación de barbarie.
domingo, 11 de enero de 2015 · 00:00
Es posible advertir en la Argentina un empeño por el error que asusta. Esa tendencia pareció exacerbarse durante la gestión de Cristina Fernández. Aunque se remontaría más atrás. Los años de democracia no han podido todavía subsanarlo. En el plano doméstico, la política se viene degradando, en especial, desde el derrumbe de la Alianza y la crisis del 2001. En el plano externo, habría una nación que nunca encuentra su lugar. Que vive a los bandazos. Cuando ocurren episodios trágicos y brutales, como el ataque terrorista contra una revista de humor (Charlie Hebdo) en París, aquella sensación deambulante argentina parece acentuarse.


No podría objetarse la reacción condenatoria del Gobierno, pocas horas después de consumarse la barbarie parisina. Aunque existió una diferencia de tono y, tal vez, de compromiso emocional con otras difundidas en la región. Bastó para notarlo con leer lo que expresaron Dilma Rouseff, Michelle Bachellet o José Mujica. Podría valorarse, además, el silencio de portavoces kirchneristas que, en otras ocasiones, se atrevieron a justificar atrocidades. Hebe de Bonafini, por ejemplo, cuando en el 2001 volaron las Torres Gemelas en Nueva York. O el ex piquetero Luis D'Elía, con sus apologías del régimen de Teherán. La cuestión sería avistar el lugar en que se encuentra la Argentina mientras el mapa mundial está en pleno reseteo por orfandad de liderazgos, toboganes económicos, guerras, convulsiones y espeluznantes brotes de violencia. El ataque a la revista en París produjo la conmoción que produjo, amén de la parva de muertos, por los valores que se colocaron en riesgo. Pero a mediados de diciembre un clérigo iraní produjo un secuestro de personas en un café de Sidney que duró 16 horas. Concluyó con 3 muertos. Australia representa desde la apertura inmigratoria de los 70 casi un modelo de armonía política, racial y religiosa.


La Presidenta, que soñaba en sus albores con convertir al país en la Alemania de Angela Merkel, se fue distanciando de la Unión Europea. Hasta terminó acusando a la premier alemán de supuesta complicidad con los fondos buitre. La única recomposición en el último tiempo sucedió, justamente, con Francia. Por dos motivos: la administración del socialista Francois Hollande fue crucial para el acuerdo que Axel Kicillof logró con el Club de París; el premier apoyó la postura argentina ante la Justicia de Estados Unidos de rechazo al fallo del juez Thomas Griesa en favor de los fondos buitre.


Barack Obama también resulta para Cristina un mal presente. Las relaciones con Washington basculan entre la frialdad y la intrascendencia. Aquel episodio con un avión militar estadounidense retenido en Ezeiza en 2011 abrió una herida. El pleito con los buitres terminó de profundizarla. Pero ante al horror de París sería imposible soslayar algunos gravísimos desatinos. La Presidenta estuvo en septiembre en la Asamblea de la ONU. Allí se manifestó "horrorizada" porque EE.UU. capturó y mató en mayo del 2011, en Pakistán, al líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden. Cuestionó que debió haberse actuado "con criterio humanitario, de respeto a los derechos humanos". Bin Laden fue apuntado por Washington por el atentado contra las Torres Gemelas, que arrojó una cifra aproximada de tres mil muertos y seis mil heridos. No pareció ni la oportunidad ni el lugar adecuado –al margen de los argumentos esgrimidos– para que Cristina dijera lo que dijo.


Antes de esa declaración inopinada su Gobierno había progresado en otras decisiones difíciles de comprender. Que todavía permanecen bajo una oscuridad espesa. El pacto con Irán urdido en secreto para intentar esclarecer –se arguyó– el atentado en la AMIA que dejó 85 muertos. El kirchnerismo aprobó ese Memorádum de Entendimiento con apuro en el Congreso, con votos propios y la resistencia opositora. Teherán, al que la Justicia argentina –y el gobierno de Néstor Kirchner– habían sindicado responsable de la agresión, jamás se ocupó de aquel Memorándum. Lo dejó morir. Ninguna de las conjeturas detrás de semejante misterio hallaron una respuesta convincente. ¿Ayuda petrolera de Irán por la emergencia energética argentina? No. ¿Mejora en los términos del intercambio comercial? Tampoco. ¿Algún beneficio económico oculto? Hasta ahora incomprobable. Pudo haber sido, sencillamente, incompetencia del canciller Héctor Timerman. También, desconocimiento de la Presidenta.


Nadie sabe si ese fallido paso con Irán fue, en verdad, el prólogo involuntario de un giro que el Gobierno ahondó en su política exterior. Más determinante pareció resultar el crujido del modelo económico y la crisis en el frente externo. Al ritmo de esos problemas la Presidenta se volcó hacia vínculos estrechos con Rusia y con China. Sería aventurado hablar de estrategia o planificación porque el cambio, como en otros terrenos, se concretó a los ponchazos y con sobredosis de marketing. En especial, la relación con Vladimir Putin y con Moscú. El desembarco chino, que se insunuó en el 2004 con la fábula del préstamo para pagar la deuda externa, tendría otra explicación: el gigante asiático se expande en América latina por su necesidad de materias primas y el vacío político dejado por Washington.


Pero en el trato con Beijing se desnudaría también la improvisación del gobierno kirchnerista. El Congreso, con los votos K, aprobó un acuerdo bilateral que podría condenar a nuestro país sólo como proveedor de materias primas y limitar sus posibilidades de desarrollo. Las inversiones prometidas demandarán un tiempo que excedería la permanencia de Cristina en el poder. La zanahoria del acuerdo sería otra: China viene liberando algunos tramos del swap firmado con el Banco Central para sostener sus reservas. Aún así la fuga de dólares no cesa. Pero Kicillof y Cristina se contentan con haber ingresado en el año electoral sin sufrir una corrida cambiaria y con el dólar blue más o menos estable. Como para ir tirando y no tener delante una fecha perentoria de arreglo con los fondos buitre.


Tampoco aquella falta de estrategia sería patrimonio kirchnerista. Yendo hacia atrás, Carlos Menem habría poseído un comportamiento similar cuando, acuciado por los desbarajustes internos, apostó a las relaciones carnales con Washington que signaron su época. El lazo tuvo un largo desenvolvimiento a partir de un hecho casi fundacional: la decisión en agosto de 1990 de participar en la Guerra del Golfo. Imposible desligar esa aventura de la posterior voladura de la Embajada de Israel y el atentado en la AMIA. Entre menemismo y kirchnerismo –es decir peronismo– han transcurrido 22 de los 31 años de la recuperada democracia.


La agenda de la política interna tampoco fogonea entusiasmo. Las cuestiones de las relaciones internacionales pasan con fugacidad. Duran lo que la llama de un fósforo. La tragedia de París mereció un comunicado del Gobierno y referencias de Mauricio Macri y Sergio Massa. El centro de la escena lo absorbió la discusión en torno a Daniel Scioli por haber asistido a un acto social-cultural del Grupo Clarín, en Mar del Plata. Y la disputa de la Presidenta con el Poder Judicial. Esa parece ser la híbrida sustancia del debate en la Argentina en el año del recambio presidencial. Si el paisaje doméstico se dibuja así, ¿qué podría esperarse de nuestro país en un mundo de incierta mutación?


Quizá la Presidenta se haya horrorizado más con la derrota que sufrió su protegida, Alejandra Gils Carbó, que con aquella barbarie parisina y la cacería de la policía francesa. Un juez, Enrique Lavié Pico, dispuso una medida precautelar que frena la designación de 16 fiscales kirchneristas preparados para cubrir la retirada del poder. La procuradora anda a los tumbos. El juez Rodolfo Canicoba Corral habilitó la feria judicial para analizar una denuncia penal contra ella por la maniobra con aquellos fiscales. Siempre se alabó de Gils Carbó su inteligencia. Pero la procuradora se desplaza como elefante en un bazar cada vez que cavila una jugada. Nunca se repuso del fracaso de querer tumbar al fiscal José María Campagnoli, por investigar a Lázaro Báez.


Habría en ese terreno gente más ducha. El pedido de la cautelar corrió por cuenta del legislador bonaerense Mauricio D'Alessandro. Ese abogado fue transferido del denarvaísmo al massismo. Casi al mismo tiempo que Francisco De Narváez. Massa lo convirtió en interlocutor con la Justicia y sorprendió a muchos. La sorpresa pasó cuando llegó el golpe contra los fiscales K. D'Alessandro habría sido una pantalla. En el medio de la operación habría estado la mano del viejo gestor judicial K, Javier Fernández. Un hombre ligado a la Secretaría de Inteligencia. Sobre todo, a quien fue por años su número dos, Francisco Larcher. Este funcionario fue cesanteado hace pocas semanas por Cristina. Sería la primera cuota del pago por tal determinación.


La ausencia de los fiscales promovidos por Gils Carbó sería un duro golpe al plan de Cristina para articular la impunidad. Para proteger a Máximo, su hijo, y a Báez, su socio. Incluso para intentar desligar de apremios a Amado Boudou, el vicepresidente que pasa sus días en una oficina en penumbras, con el teléfono mudo y estudiando francés.

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