Por Beatriz Sarlo para Perfil

La alternativa

La autora se niega a optar: ve algunos rasgos afines tanto en el FpV de Scioli como en el PRO de Macri, pero cree que no son suficientes para tomar una decisión.
lunes, 16 de noviembre de 2015 · 00:00

Uno u otro candidato puede ser preferible por motivos ideológicos o políticos; según se juzgue que representará mejor los propios intereses y los derechos ejercidos o reclamados; según se crea que va a custodiar lo que se considera ganado en estos doce años o remediará el tiempo perdido. Frente a posiciones tomadas, lo que sigue no tiene como objeto persuadir a nadie.

He escrito durante meses sobre Macri y Scioli. En consecuencia, mis opiniones están allí, en los archivos digitales, para quien se interese por conocerlas. Los que recorran esos archivos podrán comprobar que mi voto fue a Progresistas, el espacio encabezado por Margarita Stolbizer y que mi voto fue, con toda evidencia, de lista completa. Cuando Stolbizer tomó la decisión de encabezar ese espacio y hacerse cargo de la candidatura presidencial (que implicó mucho más trabajo que honores), razoné que allí podía comenzar el camino de una alternativa que hiciera realidad el nombre del espacio y sus dos palabras de orden: “Igualdad” y “Decencia”. Todavía hoy me parece que esas palabras y la construcción de ese espacio valen la pena como perspectiva que le ofrezca al cortoplacismo un horizonte de futuro.

Cuando Stolbizer anunció su decisión de ser candidata, me alegré también porque muchos de nosotros teníamos, en la primera vuelta, un voto con el cual sentir el orgullo de que no sucumbíamos ante la alternativa binaria de Macri y Scioli, sin vernos obligados a optar por Massa (que rompió notablemente ese binarismo). Nuestro voto de la primera vuelta tenía el sentido no de un testimonio, sino de una voluntad de comenzar ya mismo, en las elecciones, con aquello que había quedado trunco después de que la UCR destruyó el frente que había formado con el Partido Socialista, GEN y otras organizaciones. Lo obtenido el 25 de octubre puede ser muy poco, pero es el camino que elegimos recorrer. Seguramente, todos los que votamos a Stolbizer no tenemos, frente al ballottage, la misma posición. Nuestra candidata puede tener una posición diferente a la de sus votantes. Sería equivocado que la enunciara como línea general.

El ballottage es, obviamente, una elección entre dos postulantes que forman una alternativa obligatoria. El sistema asegura que el más votado reciba una legitimidad de origen cuantitativamente superior a la que adquirió en la primera vuelta. En eso estamos todos de acuerdo, aunque se difiera sobre si el ballottage es la instancia en que los ciudadanos votan para impedir la victoria de un candidato o para lograr la de otro. Es decir: un ballottage “en contra” o un ballottage “a favor”. El contenido valorativo de ambas opciones es diferente.

Pongo un ejemplo: en el ballottage francés de 2002, una parte importante de los votos obtenidos por el ganador provino de ciudadanos que no simpatizaban en absoluto con Jacques Chirac, pero querían impedir que ganara Jean-Marie Le Pen. Los que votaron por Chirac no lo hicieron afirmativamente, sino que hicieron valer su voto para oponerse a Le Pen por su racismo y las iniciativas de ultraderecha contra los inmigrantes y residentes de origen árabe que promovía como políticas de “seguridad”. Si hubiera debido votar allí, habría votado por Chirac contra Le Pen. El racismo es una línea que no debe cruzarse y enmascarar racismo con “inseguridad” es algo demasiado conocido en todas las latitudes, incluida esta donde vivimos.

Votar a Macri porque el kirchnerismo ha sido una fábrica eficiente de corruptos y de indigentes y un mal gobierno no es una razón de la misma densidad trágica. Tampoco tiene densidad trágica el voto a Scioli para detener la carrera presidencial de Macri, un candidato de la derecha con modales pospopulistas. Ese adjetivo, “derecha” no se usa en Argentina, pero los diarios españoles lo usan para Macri y, por supuesto, para sus propios políticos. Rajoy, amigo de Macri, no le escapa al adjetivo.

En este último tramo de la campaña, Macri ha cambiado su discurso, como si, de la noche a la mañana, hubiera adoptado ideas que antes no dio pruebas de frecuentar, sosteniéndolas con una mezcla de hipocresía y amnesia. En este último tramo, Scioli ha prometido su independencia respecto de Cristina, a quien tributó durante años una pleitesía obsecuente. Quien se convenza con estos volantazos en la recta final y piense que todo lo demás es campaña negativa, que los vote. Por ahí se escucha también la expresión de un deseo que tiene algo de perversa revancha: votar a Scioli para que “alguna vez les toque a los peronistas arreglar el desastre que han dejado”, dicen quienes practicarían esa contorsión vengativa.

Scioli y Macri son dos opciones que no me gustan, pero mi disgusto no alcanza para que me vea obligada a intervenir. Creo que cualquiera de ellos debe ganar con sus votos, que no incluyen el mío. Seguramente puedo mencionar rasgos en el diverso FpV que me parecen afines; seguramente, hay rasgos en el PRO en los que puedo reconocerme. Pero no son suficientes para tomar una decisión en uno u otro sentido. No se trata de incertidumbre, aunque admito que pueda tratarse de una equivocación, que es el peligro de todo juicio, el mío y el de todos. En consecuencia, quienes creen que están haciendo la opción correcta, sea para apoyar o para impedir, son los protagonistas de este ballottage.

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