Por Eduardo Aliverti para Página 12

Más en la calle que en la tele

Sobre el debate entre Scioli y Macri desde un periodista oficialista.
lunes, 16 de noviembre de 2015 · 00:00
Es notable que, salvo por consecuencias que pueda tener el debate de anoche, todo parezca estar dicho y sellado a favor del candidato de la alianza Cambiemos. ¿Cuánto tiene eso de verdad y cuánto de construcción mediática? Y sobre todo, ¿cuánto de esa influencia de los medios hegemónicos está sirviendo para legitimar el horizonte de megadevaluación y ajuste en caso de que triunfe el alcalde porteño?

Esta columna se completa a los pocos minutos del cruce entre Daniel Scioli y Mauricio Macri con todas las prevenciones de un análisis en caliente, por un lado, y por otra parte con las de si un debate de este tipo puede tener alcances decisivos. Una primera impresión es que Scioli fue más sólido en lo discursivo, o al menos en la firmeza que demostró para centrarse en lo que se avizora en el horizonte económico si hay un gobierno de su contrincante. Pero Macri se mostró mucho más suelto, más tranquilo, manejando los tiempos estipulados a la perfección, con un lenguaje corporal que demostró mucho entrenamiento. En términos de propuestas estuvieron parejos, en las estocadas también e igualmente sonó a empate en lo que no se respondieron. Macri fue probablemente eficaz en asociar a su rival con los deméritos del kirchnerismo, y Scioli quizá lo haya sido en relacionarlo con un pasado que amenaza volver. Fue un debate con tips sobresalientes, que pueden llevar a que evaluaciones frívolas juzguen ciertos pasajes como fundamentales para el medidómetro de ganador o perdedor. Por caso, Macri golpeó muy bien de entrada con eso de “parecés un panelista de 6, 7, 8”, en su táctica de pegar a Scioli al kirchnerismo “duro” (estamos marcando efectismos, porque si fuera por dureza es peor y menos pluralista la de ciertos medios y colegas opositores). Scioli, si es por eso, también asestó un trompazo notorio cuando le dijo que no pudo solucionar el tema de los trapitos y pretende arreglar el del narcotráfico. Y así podría seguirse con pasajes a favor y en contra de uno u otro. Un viejo precepto acerca de los debates presidenciales señala que nunca sirven para que alguien gane, pero sí para que alguno pueda perder si es que comete un error garrafal. A quien firma eso le suena válido y, en consecuencia, no le parece que anoche haya sucedido lo segundo. En otras palabras, intuye que ninguno de los dos cayó en algún bochorno eventualmente decisorio y, entonces, que es difícil imaginar un cambio terminal en las decisiones adoptadas por los votantes que ya tomaron su decisión. La pregunta que nadie sabrá responder hasta el domingo que viene es si lo de anoche pudo haber influido en los dudosos y, en ese sentido, tal vez, sólo tal vez, Scioli fue más contundente en alertar a sectores populares y algunas franjas medias sobre el peligro en ciernes si gana Macri, que lo que fue Macri en sostener que no hará lo que hará. Eso es “técnicamente”, y claro que subjetivo. Y al fin y al cabo, falta nada más que una semana para comprobar. Polémicas como las suscitadas ayer son un tributo a la ansiedad, y se gastarán kilómetros analíticos para sacarle punta a lo que sólo las urnas habrán de confirmar o refutar.

Es obvio que la continuidad del kirchnerismo está en peligro, que Macri se siente ganador, que los medios adictos a él ya lo instalaron de tal forma e, incluso, que desplazan las consideraciones electorales para dedicarse lisa y llanamente al aire fresco y el clima de confianza inversora a suceder desde el 11 de diciembre. Además, casi no pasa día sin que algún kirchnerista se dispare a los pies en público. En función de eso, Scioli quedó a la defensiva de manera ostensible y lo muestran cercado en aspectos múltiples que, desde una lógica deductiva, carecen de solución. Concluyen en que no tiene más nada que hacer por obra de su larga serie de contradicciones, y de allí en adelante queda edificado que no es un hombre con el carácter suficiente para gobernar (es lo que subrayó Macri en el debate de anoche). Lo que sigue es un resumen de esa lista, probablemente incompleto. Que Scioli quedó preso del dictado cristinista de confrontación, al no tener la valentía de diferenciarse siendo que la sociedad ya mostró su hartazgo por los modos presidenciales. Que, perdido por perdido, en el tramo final le convendría probar con distanciarse de Cristina con toda la firmeza posible. Que en ese caso se lo comería crudo el propio FpV. Que la “campaña del miedo” no le sienta bien porque él no es tipo de hacer eso. Que debe recuperar a los sectores de clase media a quienes Macri tampoco enamora. Que esas franjas ya están perdidas. Que Massa le mordió ahí y en bolsones populares, adeptos al cualunquismo de la mano dura y las promesas fáciles, tampoco recuperables. Que si los quiere recuperar, aunque sea en parte, está bien que ahora asuma algunas de sus propuestas. Que está loco si hace eso porque ya es tarde y suena falsamente comprensivo. Que le falta energía. Que si la pone parecerá sobreactuado. Que el mundo se nos vendrá encima si hay otro período K, y que no es lo mismo afrontarlo con una líder que con un ambiguo. Algunos de estos y otros tantos señalamientos son o pueden ser ciertos, otros no tanto y algunos un disparate. Lo que interesa no es eso, sino diseñar la imagen de un candidato debilitado antes, durante y después. Es la forma de atacar a un modelo a través de la persona candidateada. Scioli es el vector, no el fondo de la cuestión. Y podría serles eficaz esa operatoria. Son armas estratégicas de la lucha política. No se dice que están equivocados. Sólo se dice lo que están haciendo. Aquello de que atacan como partido político y se defienden con la libertad de prensa. Uno de quienes lo sufrieron fue Alfonsín, nada menos ya que tanto reivindican a las figuras de fe democrática.

El espíritu ganador de los medios hegemónicos también parecería inteligente para esconder lo inocultable detrás de un gobierno de Macri. Hay disfraces periodísticos que arropan una presunta toma de distancia crítica. Por ejemplo, que Cambiemos tiene considerables o severas dificultades para conseguir cuadros de gobierno. En “la provincia” y a nivel nacional. No esperaban ganar y no les alcanzan para completar los dichosos dirigentes radicales, de cuya probidad dan cuenta demasiadas experiencias históricas. Pero acerca de ese aspecto, también cabe subrayar que los casilleros se llenan. Es absurdo, se supone, pensar en graves vacíos de Cambiemos en ese sentido. A lo sumo, la alianza opositora se tomará un tiempito y mientras tanto dejará varias áreas como están, sin grandes ruidos al comienzo y si hay el viento de cola de que el palo adverso no fugue en masa; entre esas plazas: la mediática de los medios estatales y otras cuantas que son un relativo misterio, como ser qué será de la vida de Tecnópolis, del Conicet, de los programas de capacitación laboral, sin detenerse en las políticas estatales proactivas como el Procrear. Para el principio, Cambiemos no está preocupado por eso sino por el aprovechamiento de la luna de miel ganadora, a fin de amortiguar el efecto que tendrán un dólar oficial por las nubes, con su impacto en el precio de los alimentos y consumo general, y muy probablemente una ofensiva judicial que satisfaga sed de venganza. Algo de eso ya avisó esta semana lo que queda de la Corte Suprema, con sus fallos en contra de YPF y el respaldo a la cautelar del Grupo Clarín para no adecuarse a la ley de medios audiovisuales. Más la insólita celeridad contra el presidente del Banco Central, por una denuncia no menos increíble sobre compra de dólares a futuro. La onda corporativa de paz y amor también significó relegar declaraciones surgidas en el propio palo opositor. Roberto Lavagna dijo que “no es votable un ajuste” en la dirección que plantea el macrismo, y que eliminar el denominado cepo cambiario de la noche a la mañana es una locura. Orlando Ferreres, hombre del establishment insospechable de intereses kirchneristas, vaticinó lo mismo. El propio Sergio Massa, en nota con prensa extranjera, se abrió de apoyar explícitamente a Macri. Y hay mucha gente alarmada ya no entre lo que se llama el kirchnerismo duro. La hay, sin ir más lejos, entre pequeños y medianos empresarios, nucleados o no en agrupaciones profesionales. En otras palabras, algo o mucho de riesgo enorme perciben varios de quienes hablaron de necesidad de cambio. Pero no figuran en la prensa que supo motorizarlos.

Mientras tanto, sigue la movida por abajo de tantos de esos alarmados que no se detienen en las idas y vueltas –para ser suaves– de los dirigentes oficialistas más inquietos por el atrás que por el delante. Hay militancia, autoconvocatorias a manifestarse, pelea espontánea para convencer a los que se pueda. Asoma trascendente que el candidato Scioli se haga un lugar en la agenda para poner el cuerpo en alguna de esas emanaciones. Como parecen estar las cosas, lo que le hace falta es estimular en las calles que se juega algo dramático. Si es por el debate, al fin y al cabo, los medios dicientes de que ya perdió nunca dirán que en una de esas podrá haber ganado técnicamente. No hay nada que reemplace a la fortaleza de estar en la calle, de mostrar mística sin imposturas, de convencerse primero él de que es así. Eso no le asegura ganar. Simplemente, difícil que pueda hacerlo si no lo intenta.

Por lo pronto, y empero, es estimulante ver a tanta gente activando en defensa de lo que podría perderse. Querría decir que, si gana la ofensiva conservadora, no les será tan fácil restaurar lo que incendió a este país hace unos pocos años.

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