Por Sergio Crivelli para La Prensa

Un nuevo liderazgo

Uno de los muchos desafíos que enfrenta Mauricio Macri es el de afianzar una nueva forma de conducción política.
miércoles, 30 de diciembre de 2015 · 00:00
Uno de los muchos desafíos que enfrenta Mauricio Macri es el de afianzar una nueva forma de conducción política. Convertirse en un sherpa, un guía, antes que en un líder al viejo estilo caudillesco. De su capacidad para lograrlo depende en buena parte el éxito de una gestión que empieza en circunstancias adversas.

De hecho su primera medida consistió en cambiar el estilo de conducción. Lo hizo al reunirse con los ex candidatos presidenciales en la Casa Rosada y 24 horas más tarde con todos los gobernadores en Olivos. Las repercusiones de ambos gestos fueron positivas y mejoraron un clima agobiante que prevaleció por más de una década a causa de la belicosidad de los Kirchner.

Ante la asamblea legislativa Macri apuntó que la Argentina había demorado la entrada en el siglo XXI. No lo dijo abiertamente, pero el liderazgo de los Kirchner en particular y del peronismo en general atrasa más de 70 años. Responde a una experiencia histórica de cuño militarista y antidemocrática que prevaleció en buena parte de Occidente de los años 20 hasta el fin de la Guerra Fría.

La tradición argentina responde más a esa visión de la política que al régimen constitucional teórico. No hay federalismo en los hechos (como también quedó demostrado en la reunión con los gobernadores) y la dirigencia es más autoritaria que pluralista.

El sectarismo de la ex presidenta y sus seguidores es un ejemplo grotesco de la intolerancia disfrazada de corrección política. Tampoco se respeta la división de poderes. Las tendencias totalitarias parecen más consolidadas que los principios liberales de la Constitución del 1853-1994.

La mentalidad autoritaria se detecta hasta en la "generosidad" de los gobernantes. La idea de un gobierno que concede derechos a los ciudadanos ("ampliación", los llamaba la ex presidenta) es un concepto medieval, según el cual los individuos sólo tienen los derechos que les otorga el Estado. Responde a una visión mayestática del poder en el que el soberano dispensa gracias, mientras la multitud lo aclama.

Esto es lo que ha permeado a la cultura cotidiana y el mayor desafío que enfrenta el nuevo jefe de Estado. No hay ninguna duda de que hará falta un largo período de pluralismo y tolerancia para que se modifique la cultura política actual y que no será ni fácil ni rápido reemplazar al líder por las instituciones y por un administrador eficiente y honesto. Pero sin esa transformación se seguirá en el siglo XX o en el XIX.
Es obvio también que si no se resuelven los problemas fiscales, inflacionarios, de pobreza y productividad, los culturales quedarán para otra vez. Pero el orden de prioridades no excluye la necesidad de cambiar la gestión del poder, la aplicación de límites que impidan a los gobernantes el saqueo impune de los recursos públicos.

Se puede cambiar de gobierno y llevar a la Casa Rosada a un presidente que respete los controles republicanos, pero si no se cambia la mentalidad de los votantes la corrupción no podrá ser desterrada. Y la única manera de cambiar esa mentalidad es desde el propio poder, con el ejemplo. Con una nueva forma de liderazgo.

 

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