Por Joaquín Morales Solá para La Nación

Resistir, una decisión premeditada

Para el periodista, Cristina se está convirtiendo en un protagonista tóxico de la política argentina.
miércoles, 9 de diciembre de 2015 · 00:00
Cristina Kirchner no le entregará a Mauricio Macri los símbolos del poder presidencial: el bastón y la banda. Pero quería ir al Congreso, sobre todo para despedirse de los militantes de La Cámpora que se congregarán en la plaza que está frente al palacio parlamentario.

El nuevo gobierno no tenía formas para impedirle el acceso al edificio, porque no se hace eso con un ex presidente. El problema se agravó porque Cristina quería acceder al recinto, donde jurará Macri, aunque no le entregará aquellos símbolos. Si el próximo gobierno se hubiera negado a ese deseo, el riesgo que corría era que las cosas llegaran al forcejeo personal. Esta posibilidad venía siendo calculada desde hacía varios días por dirigentes del macrismo. "Cristina en algún momento piensa en la historia. No se llegará a eso", los conformó otro macrista. Oscar Parrilli pareció darle la razón en la tarde de ayer a aquel pronosticador cuando anunció que no estaban dadas las condiciones para que Cristina fuera al Congreso. Sin embargo, no hay que dar nada por seguro. La Presidenta es la persona más imprevisible de la política.


Una primera conclusión indica que la próxima ex presidenta tomó mucho antes la decisión de no transferirle el poder simbólico a Macri. Fue el domingo, cuando escribió en Facebook una larga carta (nunca son cortos sus párrafos, ni cuando habla ni cuando escribe) en la que denuncia que el presidente electo le gritó a una "mujer sola". Es imposible imaginar ese Macri para cualquiera que lo conoce. Macri cultiva su autoridad, como cualquier jefe político, pero cuando se enoja con algún colaborador sólo cambia el gesto y da una orden con una frase corta. Nunca se lo vio ir más allá de ese límite. ¿Por qué lo haría con quien que es todavía la presidenta en funciones?

Sin embargo, es probable que Cristina confunda a veces los matices de la realidad. Hace muchos años que a ella no le habla nadie. El consejo que deslizan sus asistentes a cualquiera que la ve es: "A la Presidenta no se le habla; se la escucha". Si nadie le habla, ¿quién podría decirle que no? Nadie. Lo que sucedió con Macri es que éste le habló con tono firme y que, encima, le dijo que no. Suficiente para que ella considerara que ofendieron la investidura presidencial y que la maltrataron como mujer.


Cristina Kirchner y su marido fueron los presidentes que más maltrataron públicamente a cualquier disidente de sus creencias. Eso formaba parte de "la política", como lo justificaron siempre en la intimidad. La mera sensación de un maltrato a ella que no existió Cristina la convirtió, en cambio, en una catástrofe institucional y personal. Mero pretexto para no cumplir mañana con su obligación histórica y para, de paso, excitar con el rencor a la militancia camporista que la esperará en el Congreso. Definitivamente, Cristina se está convirtiendo en un protagonista tóxico de la política argentina.

La segunda conclusión de la lectura de aquella carta rupturista es que todo se reduce a que ella quiere estar en Santa Cruz en el acto de asunción como gobernadora de su cuñada Alicia Kirchner. Y decidió irse en un vuelo regular de Aerolíneas Argentinas. No tiene tiempo, por lo tanto, para esperar a Macri en la Casa de Gobierno, que es donde se debe hacer la transmisión simbólica del poder. La condición que le ponía Macri (esperarlo en el lugar donde reside el Poder Ejecutivo) le impedía hacer lo que ella quiere, que es lo está haciendo desde hace demasiado tiempo. A un monarca absoluto no se le fija hora ni se lo cita en un lugar determinado.


Santa Cruz es otro tema. El amplio imperio de los Kirchner se redujo, al fin y al cabo, al viejo feudo provincial. La derrota cambió hasta los códigos familiares. Por primera vez, la cuñada Alicia tendrá más poder que Cristina. Ésta decidió monitorear personalmente esa novedad política y familiar. Tal vez Macri cometió el error de no ofrecerle un avión de la flota presidencial (no el Tango 01) para llevarla por última vez al lugar que ella quisiera. Le hubiera sacado un pretexto, pero seguramente Cristina hubiera encontrado otro. Lo que no quiere, en última instancia, es la foto que la registrará entregándole el poder a Macri.

Es probable que la Justicia termine dictaminando que el mandato de Cristina concluirá esta noche, a la cero hora de mañana. Es la opinión coincidente de varios constitucionalistas, pero es el resultado también del sentido de responsabilidad de la Justicia. ¿Hasta dónde se llegará con un sainete convertido en crisis institucional? ¿Cuándo alguien le pondrá fin? ¿Acaso no hubo en la historia transmisiones del mando presidencial mucho más complicadas (la de Lanusse y Cámpora o la de Bignone y Alfonsín, por ejemplo) y se pudieron hacer normalmente en el Congreso y en la Casa de Gobierno? Como suele suceder en la Argentina de los Kirchner, los conflictos de la política terminan resolviéndolos los jueces. Será así, otra vez. Si en la medianoche de hoy concluirá el mandato de Cristina, ella no tendrá mañana ningún poder institucional para imponer nada.

Cristina ya ha logrado algunas cosas para arruinarle la fiesta a Macri, que es lo que se propuso desde la noche del ballottage perdidoso. La convocatoria a los militantes de La Cámpora en la plaza Congreso (y la actitud combativa de su jefa) podría limitar la asistencia de argentinos contentos a las calles por donde pasará el flamante presidente de los argentinos después de jurar ante la Asamblea Legislativa. Muchos países importantes del mundo, que habían dispuesto enviar delegaciones significativas a la asunción de Macri, están retrocediendo ante el grado de incertidumbre de la ceremonia argentina. Cristina pagará su precio. Se quedará sólo con La Cámpora en el país, y en el extranjero profundizará el mal concepto que hay de ella. Su persona y sus formas son la práctica de la teoría del caos, vaya donde vaya.

Esos rasgos tan propios de la presidenta argentina se profundizaron en los últimos días. La derrota de noviembre ha transformado la épica en nada. La revolución que les prometió a los jóvenes kirchneristas fue tumbada por un propuesta moderada, consensual y homologada por el mundo. El "vamos por todo" de 2011 terminó en una entrega de todo, que todavía ni siquiera empezó.

Para peor, el mundo en el que ella creía también se viene abajo. El chavismo venezolano (que Cristina defendió como la ilusión de un socialismo nuevo en América latina) sufrió una derrota aplastante y definitiva. El PT brasileño (que ella prefería a cualquier otra alternativa en el país vecino) está a las puertas de entregar el gobierno luego de una increíble saga de investigaciones de corrupción y de una monumental crisis económica. En Cuba, los hermanos Castro están más entusiasmados en negociar con Washington que en alentar a sus viejos aliados del eje bolivariano. Su amigo Rafael Correa tambalea en Ecuador, y Evo Morales se está pasando silenciosamente al bando de los líderes racionales de la región.

El populismo tiene algunas características inconfundibles, como, por ejemplo, la confrontación de la sociedad con las instituciones de la democracia. Pero requiere una condición: necesita mucho dinero, aunque se trate de recursos que pertenecen a varias generaciones. Es lo que gastaron el kirchnerismo argentino, el chavismo venezolano y, de algún modo más light, el PT brasileño, hasta que los vientos cambiaron y el petróleo y la soja dejaron de valer lo que valían. El populismo sin chequera no tiene destino.

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