Por Beatriz Sarlo para Perfil

El duro corazón de Mauricio

Cuáles fueron los logros y fracasos entre Macri y Michetti que terminaron por provocar el quiebre.
jueves, 9 de abril de 2015 · 00:00

Hay disidencias dentro de lo que el PRO llama “equipo”. No vamos a repetir que Macri prefiere a Horacio Rodríguez Larreta y que Michetti se sintió triste. Antes, Macri le había pedido a Michetti que fuera su vicepresidenta en las próximas PASO o que jugara como candidata en la provincia de Buenos Aires. Ella se negó. El gerente general/dueño de la marca le hizo saber su disgusto. Sin esperar, se sacó fotos para la campaña de Rodríguez Larreta, a quien el pasado miércoles felicitó por el gigantesco trabajo de mudar la sede de gobierno del centro al sur de la ciudad. Las barras gozaban.

Si algo define el tipo de construcción del PRO, estudiado por Gabriel Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Bellotti en Mundo PRO, un libro sólido y casi divertido, es que la cultura empresarial de su jefe máximo se mezcla con la cultura de las organizaciones no gubernamentales de muchos de sus cuadros, y con la tecnocracia de jóvenes graduados de las carreras destinadas a formar funcionarios de grandes empresas. Esas tipologías tienen mucho en común, pero también rasgos opuestos: la cultura empresarial es eficientista y pone en primer lugar los resultados (el resultadismo le puede llegar al PRO también de la experiencia futbolera, que no es necesario explicar porque todos conocen). El estilo liberal de los cuadros provenientes de las ONG no comparte todas las valencias con los cuadros que vienen por docenas del peronismo. Michetti, católica practicante, graduada de la Universidad del Salvador, ex funcionaria estatal y antigua simpatizante demócrata cristiana, reúne muchas notas distintivas. Su discurso político se caracterizó siempre por el más extremo “generalismo gentista”, un estilo que la hizo amiga de todos y todas, que ahora paga menos que el “gestionismo” de Rodríguez Larreta.

Como sea, Michetti rechazó lo que se le ofrecía y, acto seguido, Mauricio la puso en caja. Todavía no se sabe quién se equivocó. Más allá de simpatías y antipatías respecto del PRO, lo que Macri solicitaba a Michetti era armar el mejor escenario para dos distritos importantes. Macri pedía y presionaba con la fuerza del dueño de la empresa.

Con partidos y dirigentes de tipo tradicional (de los que ya casi no existen), los cuadros políticos tendían a alinearse de acuerdo con una línea general, y aunque fuera a regañadientes aceptaban el puesto que les tocaba. Luchaban por lo que querían, pero terminaban aceptando el diseño político. Así sucedió mientras Raúl Alfonsín fue jefe de la UCR. Y no sólo por temor o afán de lucro, los cuadros justicialistas obedecen a los Kirchner y pasan del Congreso a un ministerio, ida y vuelta. También porque cualquier proyecto se consolida si los mejores van a los puestos donde se los necesita y se los manda.

El PRO pareció armarse con una visión diferente. No tiene órganos conocidos, ni convención, ni secretariado identificable (porque evocan lo “viejo”). Se caracteriza por una horizontalidad fluida cuyas líneas convergen a medida que se acercan a Mauricio. Se puede sobrevivir así, sobre todo si se tiene el presupuesto publicitario de la ciudad de Buenos Aires y la publicidad confunde tipografías, colores y consignas de gobierno y partido.

Pero si cambia el escenario, esas relaciones fluidas, donde aparentemente cada uno hace según su gusto y sus cualidades, son ingrávidas. Como si los empleados de Google que andan en patineta por las oficinas se tomaran en serio ese entorno de trabajo y empezaran a organizar concursos de videogames y carreras de bicicleta en vez de romperse el alma, con buena onda, para la mayor gloria de Google. Un empleado así se equivocaría de lugar. Una cosa son los salones para hacer stretching o comer vegano con palitos, y otra la productividad. Esto, justamente, no se lo van a contar a Macri, que todo lo que sabe lo aprendió en Boca y en el mundo empresarial.

Por eso, le ofreció a Michetti dos opciones, que ella rechazó, con modales de niña empeñosa que quiere ser abanderada. Entonces Macri dijo: “Traiganmeló a Larreta y que se vaya probando el traje para la jura”. Michetti pulseó más allá no sólo de sus fuerzas, sino más allá de lo que está bien visto pulsear con el jefe (de una sociedad anónima o de un equipo). Además, se dice que Michetti no asegura los negocios urbanos de empresas amigas, y que Larreta lo haría con todo gusto. Pero suspendamos esa hipotética razón que habría inclinado a Macri por Larreta. Tomemos más bien los hechos visibles.

Macri mostró el carácter despiadado de un empresario, pero antes no había forjado el instrumento político necesario para ese temperamento. Las cosas fluían y nadie, hasta ahora, había desafiado su voluntad en cuestiones fundamentales. Creyó que era fácil ser un dirigente político de primera línea. Michetti también se equivocó: creyó que si hablaba mucho de la gente, al igual que su jefe pero con mejor fonética, todo podía discutirse, incluso aquellos pasos tácticos que su jefe ya había decidido en cuestiones fundamentales.

Ahora está triste porque no entendió el juego. En un partido político antes de la crisis quizá habría tenido dónde articular su reclamo, en lugar de convertirlo en un sentimiento. Pero Michetti tampoco parece haber entendido del todo el instrumento que colaboró en construir. Si el PRO es un modelo futuro, mejor que quienes quieran dedicarse a la política cursen una maestría en administración de negocios (MBA, siglas de su nombre académico, sin otra insinuación) o hagan pasantías en las ONG. Sobre todo, los audaces pueden pasar por el justicialismo, verdadera escuela de doctrina dirigencial

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