Por Ernesto Tenembaum

Aníbal y la niña bonita: para comerte mejor

De la disputa entre el político bigotudo y la suave María Eugenia.
viernes, 14 de agosto de 2015 · 00:00
No pueden ser tan pero tan distintos. Si hasta parece que vienen de dos mundos diferentes. Uno es una especie de machote: grosero, poderoso, inescrupuloso, pendenciero, provocativo, pícaro, carismático, cuadro de suburbio. La otra es el colmo de la corrección política: prolija, porteña, católica, rubia, de sonrisa limpia.

Uno viene de lo más profundo del peronismo bonaerense. Estuvo en todas: menemista, duhaldista, kirchnerista, siempre cuando había que serlo. La otra no. Hizo una carrera efímera en el PRO, y nada más. Uno, si gana, va a a conducir el aparato territorial más poderoso del peronismo. La otra no tiene aparato que la sostenga: está casi sola en ese mundo violento que es el territorio bonaerense. Casi sin nadie que la defienda. Son Caperucita amarilla y el Lobo Feroz. Y, tras los resultados del domingo pasado, comenzarán una batalla tremenda que posiblemente no solo defina sus destinos personales, sino también el nombre del próximo presidente de la Nación.

Las cosas, a veces, suceden por casualidad. Y solo una sucesión de casualidades posibilitó que ellos dos, AnÍbal Fernández y María Eugenia Vidal, disputaran la pelea final por la provincia de Buenos Aires. Aníbal quería ser Presidente. No le daba. Apenas la presidenta Cristina Fernández pidió un baño de humildad, bajó a la provincia de Buenos Aires para ser gobernador. Llega a ser candidato por una sencilla razón: Florencio Randazzo no quiso. El mismo se lo confesó a la madre de Randazzo. Si el flaco se presentaba, yo me bajaba, señora, dijo. Si él medía más que yo. Ella se mudó a la provincia de Buenos Aires por una razón similar: en este caso, la que dijo no fue Gabriela Michetti. Mauricio Macri le había propuesto a su actual candidata a vicepresidente que saliera a recorrer la provincia. Michetti rechazó el convite. Y entonces ella, Vidal, debió sumergirse en ese territorio inmenso que desconocía y que, también, la desconocía a ella. El segundo golpe de suerte, por llamarlo así, de Vidal, fue la negativa de su jefe Mauricio a acordar con Sergio Massa, quien le propuso postularse él a la gobernación.

En cada paso, se le nota a Fernández que es un profesional.

Y a Vidal que es una principiante.

Por eso, él tiene la cara marcada, y ella no.

Hay muchas maldiciones en la política argentina. Una de ellas sostiene que un gobernador de la provincia de Buenos Aires nunca llega a Presidente. Daniel Scioli está a punto de desmentirla. Otra, que los hombres curtidos en el conurbano casi nunca llegan a gobernadores. Hay razones para esto último. Las reglas del juego en los partidos que rodean a la Capital son tan duras, que se aprenden modos, gestos, estilos que luego son intolerables para el gran público: cuando a un caudillo territorial lo enfocan las grandes luces del centro, eso lo aisla. Le ocurrió a tantos hombres duros, del estilo de Alberto Samid o Alejandro Granados. Los sectores medios huyen. Advertido de esto, el peronismo bonarense suele postular para los grandes cargos a porteños, o casi porteños, o sanisidrenses, como Antonio Cafiero, Carlos Ruckauf, Felipe Solá o Daniel Scioli. Eduardo Duhalde fue una excepción. Aníbal Fernández, si gana, podría ser otra.

A decir verdad, Fernández es un personaje más rico que Vidal, aunque eso no necesariamente sea algo positivo. Desde aquel episodio nunca aclarado de la fuga en el baúl, las historias que se acumulan sobre él son infinitas. La del escándalo de la efedrina es, apenas, la última. Fernández fue el que explicó las muertes de Kosteki y Santillán como el producto de un enfrentamiento entre piqueteros, el que dijo que Alemania tiene más pobreza que Argentina, el que juró que Antonini Wilson no había estado en la Casa Rosada, el que acusó de incendiar trenes a inocentes como ?Pino? Solanas o militantes del Partido Obrero que no se podían defender, el que respaldó la actuación en el asesinato de Mariano Ferreyra de policías federales que luego fueron condenados, el que justificó e impulsó la detención del sindicalista ferroviario Rubén Sobrero por un delito inventado, el que, aun después del escándalo de la FIFA, reivindicó la ?estatura? de don Julio Grondona. Y eso solo para empezar.

Además, toca bien la guitarra y, últimamente, seduce a buenos artistas progres. Sobre Fernández se podría escribir un gran libro sobre los aspectos más oscuros de la política argentina.

Sobre María Eugenia Vidal, no. Porque es apenas una niña buena. Nadie daba dos pesos por ella. Los encuestadores, que en las PASO para la presidencia estuvieron muy precisos, se equivocaron en la provincia de Buenos Aires. Casi todos ellos sostuvieron que Vidal estaría casi empatada con Felipe Solá, la tercera opción. No fue así. El domingo por la noche, el que quiso saberlo se enteró que ?Mariu?, como le dicen, había recibido una carrada de votos: nada menos que el 30% de la provincia. Además, había sido la candidata más votada, superando por casi diez puntos al segundo, su contrincante, el temido Aníbal Fernández. Claro que Vidal tiene, hasta ahora, esos votos y nada más que esos porque no debió enfrentar a nadie en la interna de su partido. En cambio, Fernández consiguió 21%, en una interna pareja, por lo cual nada en un universo de 40 puntos, que intentará conservar.

Es fácil saber lo que viene. A Vidal le dirán inexperta, o tal vez tilinga, o porteña. Y la van a acusar de no conocer la provincia. A Fernández, le dirán mafioso. A Vidal la acusarán de ser demasiado tierna. a Fernández, de demasiado curtido. El objetivo del macrismo será anibalfernandizar, si cabe el neologismo, la campaña nacional. Pedirle a la gente en la provincia que voten a Vidal para parar a Aníbal, el mostro. De paso, votarían tal vez menos a Scioli y más a Macri. Como la permanencia en carrera de éste hacia la segunda vuelta depende de un suspiro, he allí un tesoro invalorable. Encima, el lobo feroz tiene otro problema. Solá, el tercero en disputa, con el que se odian mutuamente, es muy parecido a Julián Domínguez, el derrotado en la interna: peronista, con predicamento en el interior de la provincia, correcto. Si Solá le robara -en el buen sentido del término- algunos votos de Domínguez a Fernández, y si Vidal lograra atraer otros gracias a la polarización, Aníbal podría estar en problemas. Pero, en cualquier caso, este debate agitará las aguas de todo el país. Nada mejor para ?Mauri? que ponerle a Daniel la careta de Aníbal, como en otro tiempo le ponían a él la de su propio padre.

Será un dilema para los bonaerenses: confiar en un personaje repleto de aspectos sórdidos, como Aníbal, pero acostumbrado al poder, o en una dirigente con un recorrido más suave, sin demasiado equipo, que deberá lidiar con una realidad muy tormentosa aún para quienes tienen experiencia. ¿Refugiarse en los pesados de siempre o dar un salto al vacío? En el macrismo se ilusionan con una vieja historia. Una vez, y solo una, el peronismo perdió en la provincia de Buenos Aires. Fue en 1983. Un desconocido -entonces y ahora-Alejandro Armendariz, derrotó a Herminio Iglesias. Pero claro, estaba montado en la ola gigante que generaba Raúl Alfonsín. Y Mauricio Macri, como máximo, provoca una olita frágil y efímera, de río sin viento. Además, aquello fue una excepción. El peronismo gana en la provincia. Siempre. No hay quien quiebre ese destino. Son cientos de miles de tipos acostumbrados a pelear cada centímetro. Y le quieren ganar con una cara bonita.
No. No va a suceder. ¿O si?

La pelea recién empieza.

Solo resta aconsejarle a Vidal que, cuando visite a su abuelita, si descubre que su boca es más grande que lo acostumbrado, no pregunte nada: simplemente, que salga rajando.

No se trataría de su abuelita.

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