Mujer

Todos los hombres me son infieles!

Si te toca un novio infiel, vaya y pase, pero si todas tus parejas te engañan, correte del rol de cornuda y pará de sufrir. En esta nota, los consejos.
sábado, 14 de mayo de 2011 · 00:00
Se calcula que el 60 por ciento de los hombres son infieles. En muchas culturas -la musulmana, por ejemplo-, resulta habitual que los hombres tengan más de una mujer. En la nuestra, eso no es poligamia sino "infidelidad"; léase, "cuernos". O sea, nos guste o no, el 60 por ciento de las mujeres somos cornudas. Muchas, más de una vez. E incluso, una y otra vez... ¿Por qué nosotras?. Esta nota de Oh La La!, intenta dar con las claves.

El pecado original

Nuestro ex novio dijo que iba a clase de guitarra. Minutos más tarde, ¿qué encontramos bajo la cama? ¡La guitarra! El que fue "novio actual" hasta ayer, ése que se tatuó nuestro nombre en el brazo y nos juró amor eterno, esperó a que nos subiéramos al bondi para meter a su compañera de trabajo en la cama. ¿Tendríamos que haberlo percibido por los celos, los horarios raros, el cambio de look y los extraños llamados en horarios estrambóticos? Y así reflexionamos -vamos a terapia- y nos preguntamos como buenas aprendidas de Hollywood: ¿por qué a mí?

Y nuevamente: ¿por qué, por qué, por qué, por qué? Gritos, llantos frente al espejo, acompañados de acordes de Celine Dion, y más preguntas: ¿podemos culparlos enteramente o guardamos algo de culpa? ¿Será que continuamos eligiendo mal a nuestras parejas? ¿Irradiamos una evocación que los distancia a la velocidad de la luz? ¿O fueron los kilos de más de los cumpleaños del mes pasado? Bailan con gestos de burla a través de nuestro cerebro, que continúa generando argumentos para saltar del balcón. Pero la realidad es que siempre está y queda todo en nuestro ingenio -todo menos las respuestas- y no es más que un avispado guión de telenovela protagonizada por Andrea del Boca.

La certeza de que el próximo nos hará lo mismo

Los signos de interrogación vuelven a bailar. Existen aquellas que se echan la culpa a sí mismas: "Por dejarme estar, claro, nunca le cociné, pobrecito"; aquellas que condenan a la especie masculina: "Son todos iguales, los odio"; las que no frenan a deliberar y continúan su trayecto de vida con un "chau, chau, adiós" y sin volver a girar hacia atrás como si tuvieran miedo de convertirse en estatuas de sal; y las que miran para el otro lado con cara de póker, guardan la guitarra y nunca más hablan del tema con nadie, las "sordas voluntarias". Cuyos hombres pueden haber señalado "cada vez tengo menos ganas de volver a casa" tres veces en la última semana, y ellas, sin pestañear, respondieron: "Claro, con tanto tráfico... ¿Querés jugo de naranja?". ¿Es necesario aclarar que no se enteraron porque no querían? ¿Y? ¿Cuál es la opción correcta: A, B, C o D?

¿El problema soy yo?

La primera vez, lloramos el lago Mascardi; la segunda, juntamos para el Río de la Plata; pero la tercera, ya hartas de oír "no tenía que ser" (¿es posible que nunca tenga que ser?), miramos el minibar enamoradas como si fuera nuestra media naranja. ¿Qué nos pasa? ¿Somos nosotras, que emanamos alguna energía negativa, o son los astros en nuestra contra? Pero ¿podrán estar todos los astros tan concentrados en nosotras? Nadie nunca nos dio tanta bola. NO. ¿Y entonces? Debemos realizar un trabajo exploratorio de nosotras mismas, siempre de la mano de nuestro honesto terapeuta ("esto es un reflejo de aquella experiencia que tuviste a los 2 años...") y de las amigas, repetidoras de frases positivamente idiotas como "todo llega", "es para mejor". ¿Mejor para QUIEN, exactamente? Y la que debería ser exterminada: "Hay cosas más graves".

Posiblemente, tras un lindo y añorado análisis de nuestra propia historia -que, desde ya, nadie tiene ganas de hacer-, todos (amigas, terapeuta y la infaltable madre que ¿por qué no va a meter bocado?) distinguen y apuntan patrones de conducta que siempre fueron parte d

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