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Conflicto en Gaza:"La guerra diaria" IV

La mirada del conflicto bélico por dentro, en los ojos de un arquitecto argentino que hace años vive en Israel. El día a día de una situación que se agrava.
martes, 20 de enero de 2009 · 00:00
Nota exclusiva de El Intransigente cedida a Minuto Neuquén.

El Intransigente ofrece una crónica de lo que sucede en la Franja de Gaza, los ataques, el conflicto y la mirada desde Israel que muestra, en los ojos y desde la perspectiva de Uriel Kon, arquitecto argentino residente en ese país hace mucho tiempo, la continuidad de un problema histórico, social, religioso y de toda índole, que sólo trae la peor de las consecuencias. Otra vez la guerra, otra vez el horror. Una parte de la historia que más allá de toda polémica, está contada en primera persona y refleja un panorama de lo que sucede a lo lejos, cuando todo parece estar lleno de números, sitios y acciones de las que poco podemos llegar a profundizar. A continuación, una cuarta parte del texto:

Nota de guerra: Decimo día de enfrentamiento, más de 500 muertos. Euforia. Creo que los Israelíes están disfrutando. Como en un “baile” de la selección Argentina a un equipo inferior: la selección de Islandia digamos. Los autobuses y las carteleras se llenan de pancartas de los distintos partidos políticos. Tratan de ganar más votos. Las consignas son variaciones a los mismos motivos: “Fuertes y juntos” del likud. “Mirar a la verdad a la cara”, el laborismo. Incluso hay un nuevo partido, liderado por el hijo de un legendario candidato comunista, Moshe Sné. Abandonando las ideas de su padre, el partido de Efraím Sné se llama “Israel Fuerte”. En fin, una gran imaginación en cuanto a copyright.

Estoy sentado en un café. Paradójicamente suena una canción de Mercedes Sosa.

Entro a la academia de arquitectura. Al enterarse un grupo de alumnos que fui a la manifestación en contra de la guerra, me gritan, me patotean. Los provoco hasta llevarlos al límite de racismo. No importan las muertes ni los destrozos, no importan los dos millones de palestinos refugiados, ni sus 600 pueblos destruidos en el ’48. No importan las dimensiones de la matanza, lo que importa es triunfar. Me hablan en un idioma mesiánico, en oraciones oscuras que prefiero no reproducir. Por las mañana, café, bossa nova en el bar, Guerra. Guerra que no para. Los supermercados de las aéreas afectadas hacen envíos a domicilio y abren un variado menú de comida hecha. Buscan la manera de aumentar sus ganancias. Empresas, y organizaciones publican avisos de apoyo en los periódicos. Los políticos se pasean por las áreas bombardeadas como buitres, abrazan a las ancianas, observan atónitos los destrozos producidos indirectamente por las políticas que ellos mismos emprendieron.

Nota de guerra: escribo en directo desde la ruta. Creo que es el decimo día de enfrentamiento en Gaza. No sé exactamente cuántas escuelas fueron voladas. En este silencio en el que solo se oye el motor andando y unas pocas voces hablándole al teléfono celular, observo la cinta recta de asfalto que corre bajo las ruedas del ómnibus y que avanza también en el tiempo y se desliza contra la luna débil agazapada a un costado del camino. Estoy teniendo unos días bastante malos. Mis correcciones la academia son completamente distintas a las que da mi superior. El me pide que no confunda a los alumnos, osea, que adopte su visión de las cosas. Estoy triste. Por la guerra, por mi trabajo en la academia, por mis estudios en el Technion en la ciudad de Haifa. Leo a Raymond Williams y lo cito. Lo leo para citarlo. Leerlo es como escuchar la sabiduría de un abuelo.

Comienza la cuesta que sube a Jerusalem. Dispersas en el bosque, casas en ruinas que pertenecían a familias árabes expulsadas en el año 1948. Estas construcciones deshechas, se asemejan a una vegetación geométrica marchita que sigue estática absorbiendo el agua de las lluvias de cada uno de los inviernos posteriores a la catástrofe. Las casas hacen de pivote alrededor del cual corren rutas y pequeñas autopistas, que las vuelven invisibles y las envuelven junto con la naturaleza, en un paisaje hibrido. Me gustaría vivir viajando, tanto en ómnibus como en trenes nocturnos que corten el horizonte busca