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Juzgan a un bombero que confesó haber masacrado a una familia

Franco Olguín dijo que primero mató a un nene de dos años y luego asesinó a su padre, a la madre, y al casero del predio con un rifle calibre 22.
viernes, 19 de agosto de 2011 · 00:00
Juan Valeriano esperó afuera, ajeno a la suerte que corría el asesino de su hijo, su nieto y su nuera en el despacho de la Sala II de la Cámara Penal de Jujuy. A su lado, Matías Gutiérrez también penaba por no poder cruzar miradas con el hombre que había matado a su padre. Las víctimas habían sido sometidas con palos y machetes y luego rematadas a tiros. Al final, los cuerpos fueron calcinados para borrar las pruebas de la masacre. En la primera jornada del juicio contra el bombero acusado del cuádruple crimen de Palpalá los que quedaron vivos no pudieron reclamar por sus muertos. “No nos dejaron entrar porque somos pobres y negros”, denunciaron.

Franco Emanuel Olguín tiene 21 años y durante la instrucción confesó ser el autor de los homicidios de Adolfo “El Aviador” Gutiérrez, Jorge Valeriano, su esposa Rosario Quiroga y el hijo de ambos, Santiago, de dos años.

Según la versión del acusado, el martes 13 de abril de 2010 fue hasta la finca Ficoseco, del paraje Remate Chico de Palpalá, a 20 kilómetros de San Salvador de Jujuy, para que Gutiérrez, de 73 años y arrendador del predio, lo ayude en la limpieza de su rifle calibre 22.

Olguín contó que luego del mantenimiento, “El Aviador” –apodo que ganó por su pasado en la Fuerza Aérea– le pidió que percutara el arma para probarla, con la mala fortuna que el disparo impactó en la cabeza de Santiago, el hijo de dos años que viajaba en los brazos de su padre Jorge Valeriano, de 30 años, que llegaba al lugar en caballo.

Gutiérrez y Valeriano comenzaron a increpar a Olguín, que al sentir que su vida peligraba, disparó contra los hombres.

Pero el drama continuó. Rosario Quiroga, madre de Santiago y esposa de Jorge, arribó al paraje y preguntó por el paradero de su familia. La única respuesta que recibió fue una descarga fatal.

Olguín arrastró los cadáveres desde el patio hasta la pieza de Gutiérrez y los prendió fuego.
El oficio de Olguín le permitió controlar el incendio, y hasta utilizó una ventana como chimenea para que el fuego no se consuma de inmediato.

Los peritos concluyeron que los cuerpos estaban dentro de una especie de “caldera crematoria” que generó una temperatura superior a los mil grados y que fundió los plomos con los huesos.

La autopsia también probó que antes de ser calcinados, las víctimas fueron asesinadas con palos y machetes y luego baleadas en la cabeza.

Por eso el relato de Olguín resulta inverosímil para los familiares de los muertos, quienes están convencidos de que participaron más personas de la matanza.

De hecho, en un principio hubo cinco detenidos –uno de ellos es policía y un testigo declaró haberlo visto junto a Olguín en las horas previas a los asesinatos– pero luego de la confesión sólo el bombero quedó preso.

Sin embargo, Matías Gutiérrez, el hijo de El Aviador, descartó la hipótesis del único asesino.
“Pese a su edad, mi papá conservaba una contextura robusta, al igual que Valeriano, que era un hombre con fuerza porque trabajaba en el campo. Me cuesta creer que Olguín haya podido hacer todo sin ayuda de nadie.”

Pero no sólo de la investigación se quejó Gutiérrez, el joven también denunció que el tribunal –el mismo que intervino en el caso de Romina Tejerina, la joven jujeña que había sido condenada a 14 años de prisión por el homicidio de su beba recién nacida, producto de una violación– no tiene consideración con ellos por ser “pobres y negros”.

“Nosotros –explicó– somos el interior del interior, por eso no les importó buscar una sala más grande para que las familias podamos presenciar el juicio.”

Olguín, que llegó al debate procesado por el delito de “homicidio culposo y homicidio doblemente agravado por alevosía y ‘criminis causa en concurso real’”, con pena de reclusión perpetua, declaró que tomó el rifle por consejo de su terapeuta.