Neuquén

Cenizas: La vida diaria en Villa la Angostura

Los que viven de changas necesitan ayuda económica, porque no pueden trabajar al aire libre. Tienen que limpiar el techo cada media hora. Historias de vida en tiempo real.
domingo, 19 de junio de 2011 · 00:00
La Angostura cambió su foto de presentación. Las cenizas del volcán chileno Puyehue la convirtieron en una localidad “igual a Cariló, pero con montañas”. Eso es lo que dicen sus habitantes y puede confirmarse al ver los más de 5 millones de metros cúbicos de arena volcánica, que abundan en las entradas de las casas, se amontonan al costado de las rutas, complican el cauce de los ríos y pesan lo suficiente como para haber tirado techos y hasta árboles. A eso se suma que ayer la ciudad permaneció la mitad del día sin sistema de telefonía ni fibra óptica, y todavía había barrios sin agua ni luz, a pesar de que bajó la actividad del volcán y que llovió todo el día con algunas neviscas en las montañas.

Antes de partir hacia Río Gallegos, ayer por la mañana, la presidenta Cristina Fernández anunció que la provincia de Neuquén recibirá 5 millones de pesos más, aparte del millón que ya le había sido asignado. Según explicó el ministro del Interior, Florencio Randazzo, la presidenta hizo un relevamiento “municipio por municipio” de Neuquén y Río Negro, las dos provincias más afectadas por el fenómeno, y “ordenó a las áreas nacionales con sede allí, como Ejército, Desarrollo Social, Vialidad Nacional, Parques Nacionales y el Ministerio de Agricultura y Ganadería, que pongan a su personal a trabajar en la recuperación de esa ciudad”, donde viven 11 mil habitantes. También aseguró que “el Ministerio de Trabajo otorgó 300 programas de asistencia para que aquellas empresas afectadas puedan mantener el nivel de empleo en la zona”.

El viceministro de Desarrollo Social, Sergio Berni, informó que desde que comenzaron a caer cenizas en La Angostura, el pasado 4 de junio, se llevó asistencia a 4000 personas del barrio El Mallín, donde “las casas son un poco más precarias y se intenta alivianar el peso de la arena para que no se vengan los techos abajo”, relató.

Allí vive Ernesto Schauman, un carpintero de 42 años que está viviendo de ahorros y de la ayuda que le envía su mamá desde Buenos Aires, porque hace varios días que él no puede ir a trabajar a la hostería donde le quedó pendiente un arreglo con aberturas de madera. “No se pueden hacer esas tareas a la intemperie porque se arruinan”, explica Ernesto a Tiempo Argentino, y detalla: “En casa, tuve dos horas de luz en seis días y el agua se corta todo el tiempo. Lleno la olla por las dudas, cada vez que vuelve un poco.” Al lado de su casa vive Eulalia Queulo, que tiene 58 años y sufre problemas respiratorios. “Estuve dos días internada porque las cenizas me raspaban mucho el pecho”, dice mientras busca un joven dispuesto a barrerle el techo. “Hay que subirse y yo no estoy en condiciones”, argumenta. Su vecino Schauman vive solo pero está haciendo lugar en su casa para que se pueda mudar allí uno de sus amigos, que “con 70 años está viviendo a 50 metros de un arroyo y eso es lo más peligroso en este momento”.

Mirta Cofré sabe bien de qué se trata eso. Tiene su casa a pasos del Río Totoral, donde ayer buzos tácticos de Prefectura midieron la profundidad de la arena (ver aparte), en la zona del Paraje Rincón, a sólo 19 kilómetros de la frontera con Chile. Mirta vive allí desde hace nueve años, con su esposo y su nieta Giuliana, cuidando vacas, terneros y gallinas. “Hay que dejar de hacer todo para limpiar el techo cada media hora y que no se caiga, como pasó en muchos hogares”, subraya Cofré y su nieta, de 16 años, aporta: “Estamos sin agua y, después de las elecciones a gobernador, ya no nos trajeron más bidones ni pasto. Por eso hay gente que no puede mantener a los animales y está carneando.”

El paisaje patagónico no deja de ser atractivo, pero ahora es además riesgoso. Lo que abandonó por el momento es su blanco impoluto y en cambio luce su suelo cubierto de arena volcánica de un marrón tenue, que no llamaría la atención en cualquier isla caribeña, pero que en el sur sí contrasta con su color habitual. De lejos, las montañas parecen grises porque, al menos hasta que caiga nieve, el polvo del Puyehue tampoco l

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