Turismo

El paraíso terrenal tiene nombre: Polinesia

Un resumen de algunas de las islas de Polinesia que hay que conocer. Datos, información y una galería imperdible de imágenes.
viernes, 05 de agosto de 2011 · 00:00
Collares de flores, playas imborrables y más de 850 especies de peces tropicales: la combinación perfecta para un edén terrenal.

Los collares del tiare, la flor tradicional de la Polinesia francesa, dan la bienvenida. Los diferentes verdes, azules y turquesas del mar impregnan los ojos con una foto que jamás se podrá borrar. La paz del silencio y la energía del océano desde los exclusivos bungalows con pisos de vidrio que permiten admirar a los peces no hacen más que ratificar que la hora ha llegado. Sean ustedes bienvenidos al paraíso terrenal: la Polinesia francesa.

En medio del Pacífico, a casi 10 mil kilómetros de Buenos Aires, las 118 islas -distribuidas en cinco archipiélagos (el de la Sociedad es el más habitado y visitado)- invitan a vivir una experiencia inolvidable. Los niños, en esta oportunidad, no son bienvenidos. Y tampoco las almas solitarias. Aquí, todo se disfruta de a dos. De hecho, ocho de cada diez turistas aterrizan en pareja, algunos en plan de luna de miel, otros porque celebran la reincidencia y también aparecen aquellos que festejan un nuevo aniversario en la privacidad de esas playas de arenas blancas en las que un picnic sin testigos aparece como un must.

El balcón terraza de los palafitos -cabañas versión Polinesia-, con el snorkel y el kayak listos para disfrutar de esas aguas, no hacen más que profundizar la conexión única entre el hombre y la naturaleza. Una conexión que se incrementa con las más de 850 especies de peces tropicales que le dan un condimento adicional a un escenario de por sí perfecto.

Claro está, son varias las islas que merecen ser visitadas. LAN es la única aerolínea que hace el trayecto directo entre Buenos Aires, Santiago y Papeete. En la primera escala en esta última, capital de Tahití, se encuentra un mercado cuya oferta va desde verduras y frutas tropicales a pescados y mariscos. También hay collares de caracoles, jugos de ananá y mango, pareos multicolores, adornos de nácar y las tradicionales perlas negras, motor de la ecoomía local.
Pero el escenario de embotellamientos y bocinas marca que todavía faltan siete minutos de avión -o 30 de ferry- para llegar al edén tantas veces fotografiado. Bora Bora, recibe con el abrazo de un arrecife de coral en el que existen motus (pequeñas islas) donde se construyeron los hoteles -de las principales cadenas- que se distribuyen a los pies del mar. Es aquí donde las ceremonias de casamiento, e incluso aquellas en las que se ratifican los votos, se repiten a diario. Las antorchas, los pareos blancos y los collares de flores no hacen más que validar la experiencia en las que se cruzan promesas de fidelidad y lealtad. La flores están por todas partes, al igual que la posibilidad de hacerse un tatuaje -un clásico entre los nativos- de inspiración maorí. Más que famosa a nivel global, Bora Bora es la más citadina de las escalas.

Otra de las islas que vale la pena conocer es Moorea, donde la presencia de delfines combinada con el entorno de verdes montañas de hasta 1.300 metros, dan un marco de ensueño a la experiencia. Hay más de 120 de estos simpáticos mamíferos marinos que, con sus piruetas, dan otra original bienvenida al avión de hélice cuyos datos de vuelo se anotan con marcador en los pizarrones de los distintos aeropuertos. La posibilidad de bucear con tiburones o conocer de primera mano a las rayas -a las que no conviene pisarles la cola-, aparece como otra de las opciones de esparcimiento.

La isla de Huahine, por su parte, se caracteriza por mantener gran parte de la cultura maorí. Bastante menos conocida que Bora Bora y Moorea, si bien no tiene tanta infraestructura, es justamente ese factor el que la convierte en una isla más “artesanal”. Seis de cada diez personas son nativas y, tal vez por ello, el pescado cortado en trozos con el toque tradicional de la leche de coco, que se extrae directamente del fruto exprimiendo su parte comestible con una tela, marca un sabor también imborrable. Al igual que la última escala en la

Comentarios

Otras Noticias

Cargando más noticias
Cargar mas noticias