Turismo - Chile

San Pedro de Atacama: El combo perfecto entre adrenalina y belleza

Un plan de viaje con adrenalina en la localidad del país vecino. Géiseres con agua a 86ºC, cuentan con su propio Valle de la Luna y trekking sobre salares. Galería de fotos imperdible!!!.
jueves, 12 de abril de 2012 · 00:00
La diversidad del paisaje chileno guarda en el norte belleza originaria: un pueblo de adobe, un sitio que casi no tiene lluvias, valles, lagunas y cordilleras. Esconde, en ese punto del mapa, lindeza natural. Ahí mismo está San Pedro de Atacama, un lugar que supo ser elegido por el turismo mochilero, pero que finalmente terminó captando la atención de todo tipo de público. Es lógico: ante serenidad, un paisaje que envuelve, música andina y tierra, cualquiera se siente atraído.

La Laguna Cejar, por ejemplo. El camino para llegar allí, un recorrido que puede hacerse en auto, pero que vale la pena realizar en bicicleta. Hay que moverse 18 kilómetros al sudeste y en el trayecto visualizar volcanes para luego darse un baño en ella. Llama la atención flotar, en vez de hundirse, tal como si se tratara del Mar Muerto. Es que la Laguna Cejar posee un nivel de flotación superior por su alta concentración de sal y litio.

La reserva (está dentro del Salar de Atacama, y la sal puede verse en el camino) cuenta también con los Ojos del Salar, dos pozos de agua dulce que hacen que uno disfrute la sensación de placer: tirado en el agua, con la cabeza afuera para que los ojos no ardan, mirando el paisaje, con las nieves eternas de fondo. Así, parece la situación ideal.

Lo bueno de San Pedro es la variedad, el contar con varios puntos a visitar, el permanecer en movimiento. San Pedro de Atacama también tiene volcanes y tiene historias alrededor de ellos. Los volcanes Laskar y Likan Kavur se observan en el trayecto a la laguna. Entre ellos, hay un lugar que se asemeja a un vacío. Allí estaba Kimal, una montaña, la representación femenina por la que peleaban los otros dos.

La leyenda cuenta que Laskar había conquistado a Kimal, aunque la lejanía no los ayudaba. Entonces, Likan Kavur sacó provecho de eso: el estar cerca lo ayudó a ganar el corazón de la chica en disputa. La naturaleza lo ayudó, dicen los habitantes chilenos. Afirman que fue ella la que determinó mover a Kimal más cerca todavía de Likan Kabur, y ahí está la explicación del espacio plano.

Hay, claro, excursiones a los volcanes, para aquellos a los que les gusta el turismo aventura. También pueden llevarse a cabo ascensos con guías especializados.

No es esa la única historia que circula. Según consigna Perfil hay otras tantas, vinculadas a un hombre: el padre Gustavo Le Paige, un sacerdote belga, jesuita, que llegó a San Pedro en 1952 para investigar la cultura atacameña. Pese a que es discutido (modificó algunas cuestiones originarias y eso generó recelo), muchos también le agradecen: fue uno de los grandes responsables del fomento del turismo.

Al Valle de la Luna, por ejemplo, lo bautizó él. Está en la Cordillera de la Sal y para llegar a él se atraviesa la Quebrada de Cari (también puede hacerse a pie, en alrededor de dos horas de caminata).

Ahí, la Duna Mayor, como un cerro de arena lisa entre montañas, es uno de los sitios a contemplar. En el Valle de la Luna también están las Tres Marías, unas formaciones rocosas de un millón de años que recibieron el nombre católico por la influencia de Le Paige.

Antes, su nombre era Los tres vigilantes, porque allí cerca había una mina: así las llamaron los que trabajaban en el lugar. Se decía que existían fantasmas. El milagro de la fe: desde que fueron rebautizadas los fantasmas ya no aparecieron.

Cerquita aparece el valle opuesto: el de la Muerte, un paisaje de rocas y arena, con el colorado como color dominante. Un sitio que se renovó: cientos de turistas jóvenes y adolescentes practican sandboard allí.

El porqué de la palabra muerte en el nombre tiene dos explicaciones. Una, porque no hay vida en el lugar: apenas, quizá, un pequeño arbusto. En la otra, aparece Le Paige: parece que quiso decir Valle de Marte, pero su dificultoso castellano no se entendía bien. “Mort”, le escucharon. Quedó Valle de la Muerte.

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