Cultura

Nuevas versiones de la Biblia

Algunos destacados autores argentinos, aceptaron la misión de escribir sus propias miradas sobre acontecimientos bíblicos. Anticipamos el texto de Griselda Gambaro.
sábado, 26 de septiembre de 2009 · 00:00
La Biblia escrita por argentinos, un nuevo desafío para brindar otro modo de imaginar estos relatos bíblicos tan importantes.

Por Griselda Gambaro

Las tierras se dividían netamente en ocres y verdes. Verdes en la colina donde caían las lluvias y pastaban las ovejas, ocres cenicientos en la tierra llana. Abel era dueño de las ovejas y de la colina. Caín, del arado y de la tierra llana que ocultaba cascotes y piedras del tamaño de un puño.

Abel, pastor de sus ovejas, eligió una de gran grosura y la sacrificó a Jehová. Le cortó el cuello y ya desangrada armó una hoguera de leños perfumados cuyo humo, filtrado por la atmósfera en su largo recorrido, llegó directamente al Cielo, desprovisto de su tufo a carne quemada y sólo oloroso a resina y a otros aromas de la madera.

Dios abrió sus amplias narices, olió y dirigiendo un vistazo a la Tierra dijo: Es ofrenda de Abel; se sintió halagado y privilegió a Abel en su corazón. Porque en un mundo casi deshabitado eran pocas las ofrendas, concedía importancia a cada una.
Caín, dedicado desde el amanecer hasta la noche a arar la tierra, a sembrar, recogía frutos escasos porque la sequía y la falta de humus no favorecían sus afanes.

Cuando vio el humo que se desprendía de la hoguera de su hermano, Caín se dijo que no podía ser menos, que el excesivo trabajo le hacía olvidar el ejercicio de su devoción. Sin embargo, cuando abandonó el arado y se acuclilló junto a la hoguera de Abel, otros fueron sus pensamientos. Contempló la columna de humo que ascendía libre de impurezas y pensó si de las últimas ascuas no podría rescatar un trozo de carne que, aun carbonizada, le sabría a manjar.

Regresó a su arado y mientras lo empujaba se preguntó: ¿Por qué mi hermano sacrifica una oveja teniendo tan pocas? Lo que se expresa una vez no se expresa para siempre, y sacrificando ovejas, ¿cómo alimentaría Abel a su mujer y a sus hijos? (No habría mujer ni hijos para Abel. Moriría antes. Así que era vana su preocupación.)

Miró Caín lo que podía cosechar y era muy poco. ¿Cómo desprenderse de una sola de esas espigas rematadas por delgados granos? El cielo se mantenía azul, sin nubes que anunciaran lluvias, el sol inclemente. Entonces, aunque ya había ofrendado mieses que, por escasas, Dios no había recibido con agrado, resolvió una ofrenda más humilde aún, creyendo que esta vez Dios comprendería.

El humo de su hoguera -de pastos secos, de ramas y de espinos- llegaría igualmente al Cielo; valía el homenaje, la intención diríamos ahora, y Dios concluiría: He aquí uno que procede con tino y se entrega a Mi discernimiento. No soy un insensato ni un soberbio para esperar que mis criaturas me ensalcen a costa de privaciones o penuria.

Y agregaría: No les exigiré lo imposible, si bien ellas sólo tendrán (y serán) lo que dieron. Verdad irrefutable aún hoy, en nuestros tiempos, que uno sólo tiene (y es) lo que ha dado.
Y lo que habían dado Caín y Abel no era la quemazón de unos arbustos y la oveja más gorda del rebaño sino el sentir, el reconocimiento a un ser poderoso, temido y reverenciado.

Sin ánimo de sentar comparaciones, aunque los dos hermanos pretendieran expresar su devoción, esa devoción hasta podía considerarse más profunda en Caín; obraría con cálculo (el de la miseria) pero jamás se le ocurriría que Dios, en su majestad y omnipotencia, podría obrar del mismo modo: con cálculo. Sólo atento al alma de sus criaturas, Dios no establecería diferencias entre Caín y Abel, no agregaría mayor significado a una oveja, a unas maderas olorosas, ni menoscabaría ofrendas más modestas de paja y espinos.

Así, antes del amanecer, quitándole horas al sueño, seguro de que Dios comprendería, Caín recogió gran cantidad de pastos secos, matas y ramas, y los encendió frotando dos piedras porque para ahorrar ni aun en los días fríos guardaba rescoldo.

El humo se alzó, no en una columna recta y azulada como en el caso de

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